Siguen siendo malos tiempos para el humor. Pareciera que estemos cambiando de época, pues de otro modo no se atrevería Bajo Ulloa a disentir en público ni Santiago Segura cerrar su saga más taquillera; pero en España apenas quedan humoristas, acaso bufones complacientes con algún poder político para darles «un sentido» a su labor: así como los antiguos fariseos torcían el gesto para pregonar que ayunaban, los modernos se ajustan la mueca permanente de oler mierda para impostar su visión crítica y despierta ante el mundo, inherentemente injusto y sin motivos para reír. Hasta las presuntas revistas satíricas se avergüenzan de sí mismas, del humor guarro y el tetaculismo que les daba de comer hasta hace dos días. Nótese que Torrente está cada vez más domesticado y a nadie se le pasa por la cabeza hacer road movies de puteros... y esa es la cuestión. Sobre esto hay mucho escrito, en forma de ensayitos específicos y cortos (se conoce que al público objetivo se le hace bola) de tít...