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Midsommar, de Ari Aster


Esta película me llamó la atención desde el momento en que la vi anunciada en algún cartel por lo exótico del tema: por mucho que el márketing de brocha gorda y los entendidillos con blog se empeñen, lo cierto es que hay tan pocas películas de terror relacionadas con cultos paganos que resulta ridículo utilizar el término de folk horror para acomodarla en algún subgénero... O siquiera el definirlo. Poco más se había hecho hasta ahora que el famoso Hombre de mimbre y su horrorosa versión reciente protagonizada por Nicholas Cage.
La gran diferencia entre El hombre de mimbre y Midsommar, que hace además especial esta última, es precisamente el momento en el que fueron producidas: en los años setenta las religiones paganas confederadas a menudo bajo el nombre de Wicca eran algo extraño, percibidas al mismo nivel de excentricidad que las muchas sectas que triunfaban en esa época y en el intoxicado mundo espiritual hippie, pero muy minoritarias en comparación. Hoy los orientalismos sacacuartos y las ceremonias de drogas y jodienda están de capa caída, o al menos nadie se los toma suficientemente en serio como verdadero culto. La Wicca, sin embargo, ha ganado prestigio a los ojos del teísta espiritual no religioso de fin de semana por su supuesto empaque pseudohistórico y tradicional, que lo percibe en la actualidad como una religión de tomo y lomo. Además, supone una tercera vía apetecible para quienes buscan una oposición al cristianismo (ojo, digo oposición y no alternativa) y no se atreven a hacerse satánicos, aunque a menudo comulguen abiertamente (quizás sin saberlo) con lo predicado por el luciferismo.
Midsommar no es una gran película en cuanto a contenido y resulta a ratos aburrida, construida sobre las desventuras del tópico grupo de cagamantas americanos de viaje, a los que todo les resulta fascinantemente exótico, bárbaro y tercermundista fuera de sus fronteras. La pareja protagonista está compuesta por un adulticiente inmaduro y una trastornada, que en la vida real sería fácilmente carne de secta, algo que se insinúa a lo largo de toda la película. No deja de ser paradójico que el atrevido grupo vaya a buscar la particularidad del paganismo en Suecia, cuando en su propio país el wiccanismo está más asentado y reconocido en las instituciones que en cualquier otro.‎
‎El director sí consigue, sin embargo, construir de manera detallada y creíble la comuna, ritos y costumbres del grupo pagano sueco que celebra el midsommar; ficticio pero impecablemente bien documentado, basado en muchos elementos reales. El principal logro narrativo a este respecto es que la comunidad sectaria no está compuesta por los habituales locos sanguinarios o psicópatas manipuladores, que disimulan su condición para engañar a sus víctimas, sino por individuos cuerdos y honestos que consideran naturales y aceptables sus actos en base a la tradición. Precisamente el hecho de que la historia no incluya ningún elemento sobrenatural ni rastro alguno de desequilibrio mental en los antagonistas, junto a lo plausible de que semejantes prácticas puedan darse en alguna comunidad ‎aislada, dan a la producción un sabor realista dentro de lo terrorífico. No olvidemos que los cultos wiccanos están en crecimiento y que son abiertamente mistéricos e iniciáticos... Probablemente para disimular la vacuidad de sus revelaciones o conocimientos trascendentales, que deben ser seguro en mayor o menor medida inventados para la ocasión por la inviabilidad de contar con el detalle de los antiguos ritos neolíticos (o al menos precristianos) de los que dicen ser custodiois. En todo caso, todo el mundo sale del cine pensando que algo así puede salir algún día en las noticias, en un lugar cualquiera del mundo.
Termino diciendo que por encima de todo, lo que valoro de Midsommar es su lírica visual constante, su pofusión de metáforas accesibles sin llegar a vulgares, su lenguaje sensual y sugerente... Llegando a rozar la pornografía multidimensional de Lars von Trier, pero manifestando de manera clara su apuesta por el arte antes que por el gran público. Una especie, en resumen, en peligro de extinción, que reivindica una artesanía academicista alejada de las fórmulas repetitivas fáciles de digerir que lo invaden todo en el universo audiovisual... Y que hacen mermar al propio cine en favor de las más amigables series que se consumen al peso en las plataformas de contenidos.‎

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