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La culpa

Parece que después del comentario sobre Pororoca, me toca de nuevo hablar sobre la culpa. El otro día leía en un periódico que Angela Merkel daba por fracasada la política migratoria de la UE, porque consideraba que solo Alemania se mostraba flexible para acoger a algunos de los inmigrantes que se hacinan en las islas griegas más próximas a África. Hacía, a este respecto y no sin cierta razón, una referencia más o menos velada a las cuestiones religiosas, como corresponde a un partido democristiano como el CDU. Sin embargo, me resultaba sorprendente la perspectiva caritativa, disparada sin duda por la culpabilidad interna, algo típicamente católico: aunque su mentor Kohl sí lo era, Merkel es luterana. Debemos recordar que, en general, los protestantes ven a Dios como una especie de titiritero que no solo permite sino que origina todo lo que ocurre en el mundo, de modo que conciben la pobreza como una maldición y la riqueza como todo lo contrario, ambas de alguna manera merecidas a ojo…
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Pororoca, de Constantin Popescu

Esta fue para mí una película no buscada, con la que me topé una extraña noche de verano laborable con ganas de cine. Una producción rumana, nacionalidad que apenas había visitado en el séptimo arte. Y resultaba sugerente desde el título, que es la transcripción de una onomatopeya empleada en la región amazónica para definir el concepto superlativo de lo que en español se conoce como macareo: la irrupción de una ola en el sentido contrario de la corriente de un río, por acción del mar en la desembocadura. Digo superlativo en lugar de sinónimo porque el fenómeno a nivel ibérico no puede ser comparable a los cataclismos-relámpago que pudiera provocar algo similar en los inmensos y caudalosos ríos de la selva. Después del visionado pensé que quizás Popescu (permítanme que aquí pueda caracterizarlo por su apellido, a pesar de que es el equivalente dacio de García, Smith o Rossi en sus respectivos países) concebía la pororoca a modo de metáfora de una calamidad inesperada y antinatural, co…

Patriotismo

A veces me pregunto qué significa de facto ser patriota, más allá de lo que diga la RAE, o mejor aun, qué significa ser patriota en España. Sin duda, no debe ser nada bueno. Recuerdo que en el famoso juicio por el apuñalamiento de Carlos Palomino, la fiscalía preguntó al agresor, de manera nada inocente, si se consideraba patriota. Este, sin duda instruido por su abogado defensor, respondió que le gustaba que ganase la selección española de fútbol, eludiendo el autodefinirse como tal. Podemos concluir entonces que el patriotismo puede llegar a ser considerado a nivel legal en España un agravante que convierta un homicidio en un asesinato, o cuanto menos una prueba de que el individuo que así se declare tiene vínculos o simpatía con alguna organización neonazi. Curiosamente es una fórmula o significado que también funciona en sentido inverso: matar a alguien que pudiera ser homologado como patriota no solo está desagraviado de cualquier consideración punible de odio, sino que incluso p…

Literatura después del coronavirus

Hay mucha gente tratando de imaginar cómo será el mundo después del coronavirus, y de paso, fantaseando también con cambios irreversibles de toda índole que puedan traer oportunidades, de esas que tanto gusta hablar a los redactores de manuales para vagos y pusilánimes. Cinco meses después del comienzo de la crisis, el populacho empieza ya a dividirse entre los que piensan que esto no se va a acabar nunca del todo y los que no terminan de creerse que sea algo real, al amparo algunos divulgadores oportunistas de discurso insolvente y, sobre todo, de la irresponsabilidad en la comunicación gubernamental y privada, que ha ocultado las muertes detrás de la estadística y ha tratado de presentar el confinamiento como el descojonante juego de quedarse en casa unos días haciendo verbena en los balcones, tomándonos a todos por el niño de La vida es bella.  Uno de los temas sobre los que se discute, por supuesto, es la literatura. Los profetas del aspaviento y la charla TED llevan años anunciand…

Refroma y Contrarreforma

Hubo una época y un lugar en los que trovadores con nombre y apellidos componían cantigas, es decir, poemas destinados a ser cantados. Aunque el rey Alfonso X hizo populares las religiosas, lo cierto es que la eran más comunes las de temática amorosa, clasificada en cantigas de amigo (de una mujer para un hombre) y cantigas de amor (de un hombre para una mujer). Sin embargo existía también una deliciosa temática de escarnio, en la que abundaban composiciones protagonizadas por frailes pichabravas y abadesas doctas, literalmente, en el arte de follar. Era el bajo medievo gallego-portugués, que resultaba no ser tan oscurantista e inquisidor como nos lo habían contado. Para quien no se lo crea, reproduzco aquí algunos fragmentos traducidos de estas simpáticas cancioncillas:
Abadesa, oí decir que erais conocedora de todo bien; y, por amor de Dios, os podáis compadecer  de mí, que me casé huérfano, y bien os juro que no sé más que un asno sobre follar.
A vos, doña abadesa, de mí, Fernando de Esquí…

¿Qué necesita un escritor?

Hace unos cuantos meses me llamó alguien en nombre de lo que yo pensaba que era una editorial, a la que había postulado. Su rol no me quedó muy claro, porque confesaba no haberse leído mi novela ni conocer de ella más que el título, y que el departamento de lectura no le había dado todavía más detalle que el hecho de considerarla apta. Después de intentar hacer gala de sus profundos conocimientos sobre el mundo editorial y sus contactos (siempre desde un prisma puramente empresarial, nunca literario), me preguntó qué es lo que esperaba de ellos, como si de una entrevista de trabajo se tratase. Yo le contesté, creo que siendo bastante realista y razonable; y tras un extraño silencio de unos segundos, seguimos conversando un buen rato sobre lo divino y humano del mundillo hasta que me volvió a formular la misma cuestión, quizás esperando que le diese otra respuesta. Yo volví a expresar lo mismo y fue cuando se atrevió a abordar el tema sin subterfugios, un poco contrariado porque seguro…

Mercadotecnia cultural

Comentaba hace pocos días Ariana Harwicz en las redes sociales cómo demasiado a menudo se trata de segmentar de manera burda el público de una obra cultural, de manera frecuente por cuestiones ideológicas. Es quizás el tercer pilar (o mirada inversa) de un tema que ya hemos tratado de analizar varias veces en este mismo blog, que es la relación entre la creación de la obra y la percepción del público de acuerdo a sus convicciones. El problema raíz de lo que denunciaba Ariana ha infectado todo el arte y quizás el cine ha sido el peor parado de todos. No nos referimos a otra cosa que la subordinación casi absoluta de la cultura a la religión de la mercadotecnia o marketing. Claro que siempre han existido creaciones de consumo que servían para garantizar la viabilidad económica de la industria, pero para ser contrapeso de otras con mayores pretensiones. Desde unos años antes de la crisis de las subprime ya es casi imposible ver grandes producciones en la gran pantalla que no sean revers…