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La Superliga o el fracaso del fútbol post suprime

Yo soy uno de esos millones de aficionados al fútbol que empezaron a perderle interés precisamente en lo peor de la llamada crisis de las subprime . Por aquel entonces, la época de Mourinho contra Guardiola en lo alto de la clasificación, solo Real Madrid y Barcelona tuvieron pulmón para aguantar el hundimiento económico que ahogó al resto de los clubes (también en el resto de Europa), dejándolos a una distancia abismal y transformando La Liga, una competición hasta entonces disputada y divertida, en un duopolio grotesco y sin gran interés, en la que los grandes solo perdían o empataban cuando jugaban entre ellos y sacaban más de treinta puntos de ventaja al tercer clasificado. Algo homologable a ligas como la escocesa, la portuguesa o la holandesa, con todos mis respetos hacia ellas, pero impropio de la nuestra. Pero casi nadie, ni siquiera en la prensa especializada, se atrevía entonces o se atreve hoy a decir que el rey está desnudo, y que lo único interesante que queda en el mundo
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"El cuerpo", de Mircea Cartarescu

  Desde el amor propio y la presunción que debe tener todo creador, homologo a los genios cuando me reconozco transitoriamente incapaz de escribir algo similar a una obra suya. Esto me ocurre con frecuencia enfrentándome a los clásicos, porque resulta imposible no poner además en perspectiva el abismo que nos separa en cuanto a medios y capacidad para documentarse, o simplemente el acceso a la misma cantidad de recursos culturales. No sucede tan a menudo con los autores recientes (en ese sentido, reconozco como gran excepción a Kafka) y mucho menos con los coetáneos. Por eso resulto tan cargante con Cartarescu. Si tuviera que resumir El cuerpo  con una sola palabra, esta sería sin duda torrencial. Una novela narrativamente salvaje, capaz de hacer llorar de rabia a todos esos mequetrefes de fin de semana que, sin apenas obra ni talento, se arrogan de manera muy vehemente en aconsejar y dar lecciones del escribir: cambios continuos en los tiempos verbales, desprecio absoluto por cualquie

Cayetanos y cultura

Hace casi setenta años, mi paisano Gonzalo Torrente Ballester empezaba a escribir su magistral  Los gozos y las sombras . Aunque la verdadera aportación literaria y originalidad de la obra es otra bien diferente, más bien relacionada con la labor terapéutica del protagonista, la excusa narrativa es el costumbrismo tardorrepublicano o preguerracivilista de un pueblo ficticio en las rías centrales gallegas. Como telón de fondo ineludible y recurrente en la época en la que se ambienta la historia, está el choque entre el viejo y el nuevo régimen, o lo que es lo mismo, los viejos ricos contra los nuevos ricos; una transición traumática e inédita que empezó con Cromwell y la Revolución Francesa, pero no se hizo palpable hasta principios del siglo XX, donde los réditos y las producciones agrarias aristocráticas pierden peso económico frente a la actividad industrial burguesa. En este caso, el cacique que sustituye a las antiguas familias de señoritos tiene por nombre Cayetano, que para más i

Necesitamos otro Torrente

Hace poco recordaba con preocupación la anécdota de Santiago Segura en Masterchef, que decidía renombrar el plato que tenía que preparar (un brazo de gitano)  para evitar ofender a nadie , a pesar de que el colectivo caló no destaca por su ofendidismo. Y lo cierto es que llevamos seis años huérfanos de José Luis Torrente. Digan lo que digan, me sigue pareciendo un personaje interesantísimo, a pesar de nunca haber sido reivindicado en público más que como un espantajo con el que ganar dinero y hacer reír. Como entidad cultural, sin duda marcada por la encomienda histórica de haber sido el bastión del catolicismo y la contrarreforma, España tiene infinidad de defectos y tres grandes virtudes que las compensan ampliamente: la solidaridad, la humildad y la honestidad. Esta última nos la conceden como propia hasta en latitudes afines y hermanadas como América Latina, de tan profuso que es nuestro idioma en expresiones para deplorar lo artificioso, lo irreal y lo poco auténtico. Por esa razó

La culpa

Parece que después del comentario sobre Pororoca , me toca de nuevo hablar sobre la culpa. El otro día leía en un periódico que Angela Merkel daba por fracasada la política migratoria de la UE, porque consideraba que solo Alemania se mostraba flexible para acoger a algunos de los inmigrantes que se hacinan en las islas griegas más próximas a África. Hacía, a este respecto y no sin cierta razón, una referencia más o menos velada a las cuestiones religiosas, como corresponde a un partido democristiano como el CDU. Sin embargo, me resultaba sorprendente la perspectiva caritativa, disparada sin duda por la culpabilidad interna, algo típicamente católico: aunque su mentor Kohl sí lo era, Merkel es luterana. Debemos recordar que, en general, los protestantes ven a Dios como una especie de titiritero que no solo permite sino que origina todo lo que ocurre en el mundo, de modo que conciben la pobreza como una maldición y la riqueza como todo lo contrario, ambas de alguna manera merecidas a oj

Pororoca, de Constantin Popescu

Esta fue para mí una película no buscada, con la que me topé una extraña noche de verano laborable con ganas de cine. Una producción rumana, nacionalidad que apenas había visitado en el séptimo arte. Y resultaba sugerente desde el título, que es la transcripción de una onomatopeya empleada en la región amazónica para definir el concepto superlativo de lo que en español se conoce como macareo: la irrupción de una ola en el sentido contrario de la corriente de un río, por acción del mar en la desembocadura. Digo superlativo en lugar de sinónimo porque el fenómeno a nivel ibérico no puede ser comparable a los cataclismos-relámpago que pudiera provocar algo similar en los inmensos y caudalosos ríos de la selva. Después del visionado pensé que quizás Popescu (permítanme que aquí pueda caracterizarlo por su apellido, a pesar de que es el equivalente dacio de García, Smith o Rossi en sus respectivos países) concebía la pororoca  a modo de metáfora de una calamidad inesperada y antinatural, co

Patriotismo

A veces me pregunto qué significa de facto ser patriota, más allá de lo que diga la RAE, o mejor aun, qué significa ser patriota en España. Sin duda, no debe ser nada bueno. Recuerdo que en el famoso juicio por el apuñalamiento de Carlos Palomino, la fiscalía preguntó al agresor, de manera nada inocente, si se consideraba patriota. Este, sin duda instruido por su abogado defensor, respondió que le gustaba que ganase la selección española de fútbol, eludiendo el autodefinirse como tal. Podemos concluir entonces que el patriotismo puede llegar a ser considerado a nivel legal en España un agravante que convierta un homicidio en un asesinato, o cuanto menos una prueba de que el individuo que así se declare tiene vínculos o simpatía con alguna organización neonazi. Curiosamente es una fórmula o significado que también funciona en sentido inverso: matar a alguien que pudiera ser homologado como patriota no solo está desagraviado de cualquier consideración punible de odio, sino que incluso p