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La Superliga o el fracaso del fútbol post subprime

Yo soy uno de esos millones de aficionados al fútbol que empezaron a perderle interés precisamente en lo peor de la llamada crisis de las subprime . Por aquel entonces, la época de Mourinho contra Guardiola en lo alto de la clasificación, solo Real Madrid y Barcelona tuvieron pulmón para aguantar el hundimiento económico que ahogó al resto de los clubes (también en el resto de Europa), dejándolos a una distancia abismal y transformando La Liga, una competición hasta entonces disputada y divertida, en un duopolio grotesco y sin gran interés, en la que los grandes solo perdían o empataban cuando jugaban entre ellos y sacaban más de treinta puntos de ventaja al tercer clasificado. Algo homologable a ligas como la escocesa, la portuguesa o la holandesa, con todos mis respetos hacia ellas, pero impropio de la nuestra. Pero casi nadie, ni siquiera en la prensa especializada, se atrevía entonces o se atreve hoy a decir que el rey está desnudo, y que lo único interesante que queda en el mundo
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Cayetanos y cultura

Hace casi setenta años, mi paisano Gonzalo Torrente Ballester empezaba a escribir su magistral  Los gozos y las sombras . Aunque la verdadera aportación literaria y originalidad de la obra es otra bien diferente, más bien relacionada con la labor terapéutica del protagonista, la excusa narrativa es el costumbrismo tardorrepublicano o preguerracivilista de un pueblo ficticio en las rías centrales gallegas. Como telón de fondo ineludible y recurrente en la época en la que se ambienta la historia, está el choque entre el viejo y el nuevo régimen, o lo que es lo mismo, los viejos ricos contra los nuevos ricos; una transición traumática e inédita que empezó con Cromwell y la Revolución Francesa, pero no se hizo palpable hasta principios del siglo XX, donde los réditos y las producciones agrarias aristocráticas pierden peso económico frente a la actividad industrial burguesa. En este caso, el cacique que sustituye a las antiguas familias de señoritos tiene por nombre Cayetano, que para más i

Necesitamos otro Torrente

Hace poco recordaba con preocupación la anécdota de Santiago Segura en Masterchef, que decidía renombrar el plato que tenía que preparar (un brazo de gitano)  para evitar ofender a nadie , a pesar de que el colectivo caló no destaca por su ofendidismo. Y lo cierto es que llevamos seis años huérfanos de José Luis Torrente. Digan lo que digan, me sigue pareciendo un personaje interesantísimo, a pesar de nunca haber sido reivindicado en público más que como un espantajo con el que ganar dinero y hacer reír. Como entidad cultural, sin duda marcada por la encomienda histórica de haber sido el bastión del catolicismo y la contrarreforma, España tiene infinidad de defectos y tres grandes virtudes que las compensan ampliamente: la solidaridad, la humildad y la honestidad. Esta última nos la conceden como propia hasta en latitudes afines y hermanadas como América Latina, de tan profuso que es nuestro idioma en expresiones para deplorar lo artificioso, lo irreal y lo poco auténtico. Por esa razó

La culpa

Parece que después del comentario sobre Pororoca , me toca de nuevo hablar sobre la culpa. El otro día leía en un periódico que Angela Merkel daba por fracasada la política migratoria de la UE, porque consideraba que solo Alemania se mostraba flexible para acoger a algunos de los inmigrantes que se hacinan en las islas griegas más próximas a África. Hacía, a este respecto y no sin cierta razón, una referencia más o menos velada a las cuestiones religiosas, como corresponde a un partido democristiano como el CDU. Sin embargo, me resultaba sorprendente la perspectiva caritativa, disparada sin duda por la culpabilidad interna, algo típicamente católico: aunque su mentor Kohl sí lo era, Merkel es luterana. Debemos recordar que, en general, los protestantes ven a Dios como una especie de titiritero que no solo permite sino que origina todo lo que ocurre en el mundo, de modo que conciben la pobreza como una maldición y la riqueza como todo lo contrario, ambas de alguna manera merecidas a oj

Patriotismo

A veces me pregunto qué significa de facto ser patriota, más allá de lo que diga la RAE, o mejor aun, qué significa ser patriota en España. Sin duda, no debe ser nada bueno. Recuerdo que en el famoso juicio por el apuñalamiento de Carlos Palomino, la fiscalía preguntó al agresor, de manera nada inocente, si se consideraba patriota. Este, sin duda instruido por su abogado defensor, respondió que le gustaba que ganase la selección española de fútbol, eludiendo el autodefinirse como tal. Podemos concluir entonces que el patriotismo puede llegar a ser considerado a nivel legal en España un agravante que convierta un homicidio en un asesinato, o cuanto menos una prueba de que el individuo que así se declare tiene vínculos o simpatía con alguna organización neonazi. Curiosamente es una fórmula o significado que también funciona en sentido inverso: matar a alguien que pudiera ser homologado como patriota no solo está desagraviado de cualquier consideración punible de odio, sino que incluso p

Refroma y Contrarreforma

Hubo una época y un lugar en los que trovadores con nombre y apellidos componían cantigas , es decir, poemas destinados a ser cantados. Aunque el rey Alfonso X hizo populares las religiosas, lo cierto es que la eran más comunes las de temática amorosa, clasificada en cantigas de amigo (de una mujer para un hombre) y cantigas de amor (de un hombre para una mujer). Sin embargo existía también una deliciosa temática de escarnio, en la que abundaban composiciones protagonizadas por frailes pichabravas y abadesas doctas, literalmente, en el arte de follar. Era el bajo medievo gallego-portugués, que resultaba no ser tan oscurantista e inquisidor como nos lo habían contado. Para quien no se lo crea, reproduzco aquí algunos fragmentos traducidos de estas simpáticas cancioncillas: Abadesa, oí decir que erais conocedora de todo bien; y, por amor de Dios, os podáis compadecer  de mí, que me casé huérfano, y bien os juro que no sé más que un asno sobre follar. A vos, doña aba

Por qué Iker

  Allá por el otoño de 2005 empezaba a emitir Cuatro, una cadena de televisión bastante desconcertante, sobre todo por tardía (Telecinco y Antena 3 llevaban unos quince años ya emitiendo sin apenas competencia), pero también porque los españoles no estábamos acostumbrados a tener canales privados con una línea ideológica tan evidente. Relacionado o no con esto, otro matiz que parecía caracterizarla era tener como público objetivo la población en la franja de edad en la que me encontraba por entonces (poco más de veinte años), por la reposición de espacios como el otrora llamado Pressing catch , los dibujos animados de Oliver y Benji  o antiguos programas del hoy punible Humor amarillo . En esos primeros años también salió de la emisora, es justo decirlo, la peor telebasura de la historia de nuestro país, con espacios de tele realidad morbosa, quizás también con ánimo de generar expectación en jovenzuelos como yo, como reality shows  de drogadictos o el escaparate continuo de miser