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"El Crack cero", de José Luis Garci


Reconozco que en este caso, una pifia de Google hizo que estuviese a punto de no ir a ver la película, ya de por sí escondida y ninguneada en las carteleras por la aversión que le tiene el mundo cultural español al director. La razón fue que en la búsqueda aparecía en primer lugar en el reparto Miguel Ángel Muñoz. No es que tenga nada contra él, pero convendrán conmigo que tiene un perfil y una planta tan diferentes a los de Alfredo Landa (para quien no lo sepa, protagonista de la película original de la saga), que resultaba casi insultante y llegué a pensar que a Garci se le había ido completamente la cabeza. Afortunadamente, la película seguía en los dos mismos y heróicos cines de Madrid la semana siguiente, me picó de nuevo la curiosidad, y pude constatar que el actor que encarnaba a Germán Areta era Carlos Santos, al que recordaba a bote pronto como Povedilla en Los hombres de Paco y algún otro papel cómico. Esto me enamoró de inmediato, porque suponía exactamente el mismo reto dramático y contextual que habían asumido el director y el actor principal casi cuarenta años antes.
Tengo que empezar diciendo que, visto en perspectiva, El Crack cero no es una precuela sino una versión o quizás un homenaje (al cabo, Garci no había vuelto a hacer ninguna película desde el fallecimiento de Alfredo Landa), porque tiene demasiados lugares comunes con la original. Siendo francos, en muchos aspectos incluso la supera, con un reparto abultado y acertado, con un resultado todavía más y mejor ajustado el paradigma del cine negro clásico americano con la idiosincrasia española. Las interpretaciones son muy destacables o incluso sorprendentes, como la del propio Miguel Ángel Muñoz, que en mi opinión supera a Miguel Rellán haciendo de El Moro. Mención aparte merece Carlos Santos, que no encarna su propia versión de Germán Areta, sino trata de recrear el mismo Areta que hizo Landa, empleando así mismo con frecuencia el gran recurso dramático que tenía el navarro, que era su mirada. Este sería el único e inevitable problema que tiene la película, que hace inevitable las comparaciones.
Germán Areta será (o quizás ya es) uno de los iconos que mejor representa en la ficción la transición democrática española. Este importante punto está bien representado aquí también, con cuarenta años de perspectiva de ventaja. Si el original era excéptico (recuérdese su inercia al llamar "Avenida del Generalísimo" al Paseo de la Castellana o su estupefacción cuando le preguntaban que dónde se iban a casar los famosillos de Miraflores, diciendo "¿Dónde se van a casar? ¡Pues en la iglesia!"), el más reciente pero anterior en la cronología, se muestra más ilusionado pero con los mismos recelos o dudas que podría tener el español de a pie de la época. Toca mencionar también que Areta es de los poquísimos justicieros caóticos del cine español, quizás casi el único junto con el histriónico y tópico Santos Trinidad de No habrá paz para los malvados. Otro elemento que resulta especialmente molesto para la amoral imperante (y así se deja entrever en algunas críticas) es la abundancia de frases trascendentales, de sentencias molestamente ejemplarizantes e incómodas. Para colmo, antes de aplicar su justicia, Areta y El Moro rinden simbólicamente cuentas contra el único que va a juzgar sus actos... Y cuando le preguntan que si cree que rezar una oración sirve de algo, él responde que "sirve de mucho". Anatema por tanto, para esta película, salvo que cambien muchísimo las cosas en este país.
Sirva esta humilde entrada como homenaje a una gran obra que difícilmente recibirá otros premios y más reconocimientos que los particulares de los espectadores, pero que demuestra la capacidad que tiene España para hacer otro tipo de cine, muchos tipos de cine.

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