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"La casa de Jack", de Lars von Trier


Retomo brevemente el cine por una muy buena razón, que es el estreno en España de la última película de Lars von Trier después de unos cuantos años de silencio, tan polémica como la predecesora, pero mucho más desapercibida. Podemos decir, en comparación con Nymphomaniac, que es una película continuista, usando una estructura muy similar como excusa para contar la historia, y tan pornográfica como aquella cambiando el sexo por la violencia. Este, además, es un nuevo ejemplo especialmente grave de la indigencia intelectual que inunda los mentideros de Internet, capaz de otorgar a esta producción una puntuación mediocre al lado de los últimos bodrios de Tarantino o la tan sobrevalorada saga de Matrix.
En mi opinión, "La casa de Jack" no tiene una especial intención provocativa, ni tampoco que en ese sentido pivote sobre los límites de la belleza o del arte, como insinúan muchas críticas. Más bien es un magistral retrato del mal, sin tapujos, construyendo al protagonista (un asesino en serie) complejo pero creíble, mucho más que los histriónicos "malos" hollywoodienses, que no terminan de ser ni psicópatas ni hijos de puta, sino tipos elegantes y cultivados que siempre tienen una razón para sus actos con la que el espectador puede llegar a empatizar de lejos. La combinación de trastornos de Jack junto con unas pinceladas de personalidad vienen a tratar de explicar la configuración "del mal", o como mínimo una de las posibilidades. Digo "mal" porque a Trier no le queda ninguna duda al respecto: la violencia explícita en este caso no resulta en ningún modo gratuita, sino el reflejo fiel de la maldad en el mundo, lo que hay en algún punto de la cadena tras tipos hoy heroificados, como Sito Miñanco, Pablo Escobar o el ficticio Tony Montana, que no escandalizaron por "mal gusto". Violencia. Aquella a la que a muchos les dió sarpullidos también reflejar en "Ciudad de Dios" o "Tropa de élite" por si les rompía no sé qué discurso ideológico. Y es que está de moda cuestionar el mal, o incluso llegar a negar su existencia en esta sociedad enferma en la que nos ha tocado vivir, salvo en casos concretos en los que pueda resultar útil su instrumentalización con fines ideológicos. 
Las patologías de Jack tampoco son presentadas, como es habitual, para restarle voluntariedad o culpa a los crímenes del asesino: la superstición ideológica de que una de estas taras mentales coimplica irremediablemente el delito es otra manera de negar el mal. Pero el condenado porfía en existir. En la anterior obra del director se planteaba una reflexión interesante acerca de las desviaciones sexuales a este respecto: realmente existen en el mundo muchos más individuos de inclinaciones pedófilas que agresores sexuales de menores, de modo que el cometer una perversidad, aun en estos casos, queda en la conciencia de cada uno y no es fruto de un impulso incontrolable.‎ En "La casa de Jack" la maldad se identifica literalmente con lo demoníaco, de modo que el destino del asesino protagonista se intuye desde el primer segundo, y el desenlace final es una culminación claramente bíblica del concepto del Demonio con respecto al resto de la creación y a Dios que se viene insinuando en los crímenes con los que el psicópata ilustra su visión acerca de los conceptos fundamentales de la vida. Al final de su existencia terrenal, el propio Jack tiene que reconocer, a pesar de sus delirios de grandeza, que ha sido incapaz del culminar la relativamente sencilla tarea de construir su propia casa. De este modo, Trier, ese que se hizo católico "por tocar las narices" en un país de monopolio luterano, ratifica después de conceptualizar a la pecadora arrepentida y al confesor en "Nymphomaniac", una sutil intencionalidad moral desinfectada de relativismos, al más puro estilo tolkeniano, con el probable objeto de que la sociedad conserve las bonanzas cristianas aun sin ser consciente de ello.
"La casa de Jack" es una película dura, no apta para cualquiera, pero absolutamente recomendable y una verdadera obra de arte en un visionado abstraído de la crueldad explícita.

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