Siguen siendo malos tiempos para el humor. Pareciera que estemos cambiando de época, pues de otro modo no se atrevería Bajo Ulloa a disentir en público ni Santiago Segura cerrar su saga más taquillera; pero en España apenas quedan humoristas, acaso bufones complacientes con algún poder político para darles «un sentido» a su labor: así como los antiguos fariseos torcían el gesto para pregonar que ayunaban, los modernos se ajustan la mueca permanente de oler mierda para impostar su visión crítica y despierta ante el mundo, inherentemente injusto y sin motivos para reír. Hasta las presuntas revistas satíricas se avergüenzan de sí mismas, del humor guarro y el tetaculismo que les daba de comer hasta hace dos días. Nótese que Torrente está cada vez más domesticado y a nadie se le pasa por la cabeza hacer road movies de puteros... y esa es la cuestión. Sobre esto hay mucho escrito, en forma de ensayitos específicos y cortos (se conoce que al público objetivo se le hace bola) de título sugerente como «Cagar en Mercadona. Rutinas en la vida postcapitalista», ellos en pose ridícula de anuncio de relojes para que se le vean los tatuajes o lo que le aprovecha el Basic Fit de su barrio, ellas con la foto en blanco y negro por resaltar las canas y las arrugas.
Quitando la reserva resultadista de Telecinco donde todavía pasta La que se avecina, no hay espacio público para lo canalla o visceral, a niveles que no se recuerdan ni en el paleofranquismo, en el que al menos sobrevivieron cabarés y cafés cantantes de todo pelo, conformándose con quitarle el adjetivo «rojo» a los que se rotulaban como «El Molino». Por humor transversal solo se consienten los monólogos, supongo que por eso de definirse como «inteligente», aunque se repita más que el ajo y sea tan tonto como cualquier otro; también hará lo suyo el papanatismo ibérico hacia todo lo que viene de fuera y los intervencionismos en nombre de una presunta igualdá en el género: aunque España sí tiene tradición sólida y duradera de cómicas, las nuevas doctrinas les prohíben prestarse a que el público se ría de ellas en vez de con ellas; por eso tampoco a nadie le quita el sueño la escasez y el raquitismo de las tunas femeninas. Las cosmogonías variopintas que en las últimas décadas han secuestrado el término «feminismo» presumen de abolir los roles, pero en realidad cabalgan motivaciones tópicamente femeninas: el déficit de autoestima respecto del hombre está detrás de evitar la comicidad en primera persona; y también de las imposiciones sociales exigidas por las cuir, que por ser perezosas en el debate social, apuestan más bien por «que todo el mundo cambie para no sentirse ellas las raritas». Hablando de cuir, se me olvidaba que sí existe un dignísimo reducto tolerado de humor incorrecto y provocador: las fiestas animadas por transformistas, cada uno saque sus conclusiones.
También beben a escondidas de otras tradiciones tan sofisticadas como la católica de manera muy sagaz, pues explorando la herramienta de la culpa (aunque sea la dimensión más vulgar del examen de conciencia), han conseguido perfundir la permanente alerta o desconfianza hacia los síntomas de sensualidad en el atuendo de las mujeres con proyección pública. Sobra decir que las catequesis acerca de la objetualización de las mujeres en su desempeño dentro de los medios y las artes no merecen ser tomadas en serio: la misma corista semidesnuda meneándose en un videoclip puede ser una víctima de las apetencias machistas preponderantes en el sector o un icono de empoderamiento femenino a través de su sexualidad, dependiendo de su hoja de servicios a la causa o el relato (es decir, mentira) que se apetezca defender en el momento. Y es que hasta en el enseñar carne se predica una suerte de norma compensatoria, como si la mujer no tuviera derecho a explotar su imagen de manera propia y necesitase de un contexto masculino equivalente que validase y disimulase «sus excesos».
Por todo lo expuesto, no sorprende que el humor rijoso haya dejado de entenderse y de ahí la necesidad de este artículo. Es menester recordar la lascivia como dimensión fundamental del gracejo masculino, y por eso es una constante del cine erótico desde su nacimiento... tan importante o más en su éxito que su potencial para la inspiración en los pecados solitarios, y legitima el género como una manifestación de cultura popular como cualquier otra. Los creadores de los salvajes setenta y ochenta, décadas con una libertad creativa por desgracia ya inimaginable, lo sabían bien, y supieron destilar su principio activo y trasladarlo a la pantalla como producto digerible, casi inocente: el sexploitation estadounidense, los jaimitos italianos, Benny Hill en Reino Unido... o los ripios patrios de Pajares, Esteso y Ozores, arrostrando en taquilla a cualquier producción de Hollywood, y cuyas reverberaciones llegaron a los noventa bien entrados. Es superfluo explicitar los porqués en la creación artística, pero vivimos en una época donde las entendederas están en el culo en lugar de la sesera, así que algo tendré que decir: los personajillos ramplones que protagonizan esas comedias no buscan que el macho común se identifique con ellos, ni pretenden representar a potentados capaces de abordar hembras despampanantes y voluptuosas vetadas para el vulgo. Más bien son estereotipos para hacer risa de ellos: raritos, salidos, torpes, feos, ridículos, presuntuosos... en contraste con ellas: lejos de ser objetos, son el sujeto que en cambio encarna la dignidad. Si quisiéramos sacarle una moralina, también sería posible. En tiempos donde se pretende equiparar la relevancia humana de gastar consoladores con mantener relaciones sexuales, cuesta entender y aún se afea que estas gracietas predicasen salir fuera a relacionarse de manera sana con las mujeres en lugar de quedarse en la capilla del retrete rezándole a Onán. Voy más allá: estos personajes risibles se ven arrebatados por la belleza de la creación, es decir, se embelesan con la verdad.
Terminaremos diciendo que estos chistes también hacen reír a muchas mujeres... y aun cuando no lo hicieren, no hay ninguna razón para ocultar este humor de nicho. Pero esta contención no durará para siempre, pues saben de sobra que este contenido deja de producirse solo por miedo al éxito incontrolado que pueda llegar a tener.