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"El cuerpo", de Mircea Cartarescu

 

Desde el amor propio y la presunción que debe tener todo creador, homologo a los genios cuando me reconozco transitoriamente incapaz de escribir algo similar a una obra suya. Esto me ocurre con frecuencia enfrentándome a los clásicos, porque resulta imposible no poner además en perspectiva el abismo que nos separa en cuanto a medios y capacidad para documentarse, o simplemente el acceso a la misma cantidad de recursos culturales. No sucede tan a menudo con los autores recientes (en ese sentido, reconozco como gran excepción a Kafka) y mucho menos con los coetáneos. Por eso resulto tan cargante con Cartarescu.
Si tuviera que resumir El cuerpo con una sola palabra, esta sería sin duda torrencial. Una novela narrativamente salvaje, capaz de hacer llorar de rabia a todos esos mequetrefes de fin de semana que, sin apenas obra ni talento, se arrogan de manera muy vehemente en aconsejar y dar lecciones del escribir: cambios continuos en los tiempos verbales, desprecio absoluto por cualquier tipo de estructura narrativa, violaciones recurrentes del mandamiento del choudontel, constantes circunloquios y digresiones... Tanto que resulta tentador imaginar que fue escrita casi del tirón (como le gusta sugerir al autor), sin apenas correcciones, dictada a dos voces por recuerdos del alma y musas lisérgicas. Sin embargo, un resultado coherente y magistral que puede disfrutarse incluso llegando a ella por accidente o prescripción del librero (como es mi caso), sin haber leído antes El ala izquierda, volumen que abre esta trilogía Cegador.
El autor y la obra en particular son estupendos contraejemplos que destruyen las leyendas acerca de los materiales que necesita un artista para concebir una creación interesante: ni viajes, ni alcohol, ni drogas, ni pendencias, ni vidas desordenadas. Esto ya lo venían demostrando algunos autores hispanoamericanos, de los que nuestro viejo y degenerado continente solo esperaba material localista y exótico con la etiqueta de marqueciano o fábulas de guerrillas y miseria, con la única intención de proporcionar entretenimiento a los que ejercen la labor de activistas de los derechos sociales desde su butaca. En este caso, se trata de un intercambio de golpes continuo entre la infancia del autor, en una gris y miserable Bucarest comunista, y su delirante manuscrito futuro, del que también forma parte. 
De nuevo el relato parece tener en la mezcla una parte importante de vivencias, que por necesidad deben tener buenas pinceladas de realidad o biografía por la penetrante ternura que desprenden, de las que el autor consigue arrancar historias interesantísimas con un efectivo humor kafkiano a partir de una existencia monótona, predecible y triste; lo que no quita que en esta turbulencia continua el autor utilice de nuevo la fantasía con profusión. En la corriente bucaresina se desarrolla de manera más acotada, aproximándose más al realismo mágico de Solenoide, con un sabor incluso más auténtico por estar narrada desde la perspectiva de un niño de corta edad. El manuscrito se supone todo lo demás, partiendo de lo que el pequeño Mircea imagina, con los pies sobre el radiador, mirando desde su ventana a la calle de Esteban el Grande, empezándose a escribir mucho antes de lo que él imagina dentro de sí, con viajes astrales a otras épocas, lugares y dimensiones; recorriendo las entrañas de la realidad y la creación en viajes con retorno, como dando continuamente la vuelta a un calcetín inabarcable tejido con una prosa densa y embriagadora.
En El cuerpo, la obsesión alegórica de Cartarescu es la anatomía. En esencia humana, pero sin renunciar a su habitual fascinación por los insectos y pequeños moluscos, criaturas ignoradas que resultan monstruosas y funcionalmente exóticas en extremo a nivel macroscópico; un verdadero universo alternativo, independiente y quién sabe si social. Metáforas siempre tejidas por un hilo místico cristiano, fecundo en referencias evangélicas, que da sentido a todo, imposible de obviar incluso en las vivencias más sórdidas o el oscurantismo de la influencia soviética que prohibía sus enseñanzas. Y como ocurre en otras grandes obras, me atrevo a afirmar que toda la novela se condensa en uno de sus capítulos: el circo, que es a la vez el espectáculo más institucionalizado del régimen por su aparente inocencia y la antigua ventana al mundo para la masa humilde, lo fusiona todo en un cuento que de por sí podría justificar la reverencia que existe hacia el autor en todo el mundo romance.
El cuerpo es, por supuesto, otro libro ilegible imposible de abandonar, traducido de manera magistral por Marian Ochoa de Eribe, que pide a gritos el premio Nobel de una vez para la lengua rumana.

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