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Lo que se ha cumplido de las distopías clásicas




En los años revueltos y vertiginosos en los que nos ha tocado vivir, me apetecía hacer un análisis retrospectivo para intentar indagar en el acierto que lograron en su día los grandes profetas de lo siniestro a nivel social, los autores de novelas distópicas. Y el resultado, sinceramente, me ha sobrepasado.
Sin duda, todas las distopías del siglo veinte beben de manera más o menos explícita y confesa de Señor del mundo, de Robert Hugh Benson y Nosotros, de Eugeni Zamiatin. La de Benson es una historia que pivota a nivel temático sobre la religión, aunque también es la pionera en vaticinar una geopolítica globalista de grandes bloques enfrentandos. Fue escrita antes de las dos grandes guerras que cambiaron el mundo a todos los niveles, y toma ideas antiguas incluso para la época (en concreto, el contexto de los ridículos intentos de sustitución del cristianismo después de la Revolución Francesa), lo que ha hecho que Señor del mundo haya envejecido peor que otras y, a pesar de su nivel literario, sea la gran olvidada del género. Sin embargo, la fórmula de transición que se presenta desde el mundo libre hasta la dominación siniestra está plenamente vigente: ‎mensaje apocalíptico o de emergencia social que posibilita una tiranía o leyes injustas. Si bien esta situación se ha dado de algún modo a nivel nacional con relativa frecuencia a lo largo de la historia reciente, solo en las últimas décadas se está porfiando a nivel mundial y con visos de poder triunfar. Donald Trump ironizaba acerca de esto mismo hace pocos días en Davos, poniendo como ejemplos previos el agotamiento del petróleo o la amenaza de la superpoblación. Cierto es que ninguna de estos apocalipsis había llegado a calar en todos los estratos del mismo modo que el del cambio climático, en cuyo nombre ya se plantea que los humanos hagamos una sola comida diaria y nos vayamos acostumbrando a vivir sin consumir apenas energía.  Esta misma idea esencial fue recogida de manera eficaz, entre otros, por el también británico Allan Moore para escribir V de vendetta.‎‎
La siguiente distopía popular en orden cronológico sería el Mundo feliz de Aldous Huxley, influenciado sobre todo por Nosotros. De las distopías clásicas es quizás la más arriesgada, haciendo una apuesta muy fuerte en términos de evolución tecnológica y su influencia en la sociedad: la más cercana a la ciencia ficción, solapándose con ella. La cuestión del Soma como droga institucionalizada de evasión parecía tener todas las papeletas para convertirse en una realidad con los años, aunque por suerte todavía no ha sido así. En lo que parece que Huxley sí ha acertado muy recientemente es en las herramientas que se utilizan para tratar de condicionar ideológicamente a la sociedad: la propaganda ya estaba en plena forma allá por la época en que se escribió Un mundo feliz, pero ni aún con la potencia de difusión de las peores dictaduras conseguía pefundir del mismo modo que en la sociedad actual, expuesta al bombardeo de mensajes cortos y directos en las redes sociales... Y noticias de medios cada vez más digitalizados y devaluados, orientados al titular de impacto para conseguir clicks, que alimentan al consumidor a base de fogonazos sin pretender que digiera la información; todo para orientar el pensamiento colectivo y acorralar o amedrentar al disidente para convencerlo de que está necesariamente equivocado. Por otra parte está la sexualización de la infancia en las propias aulas, que aunque en la actualidad sea realizada por otros actores, la finalidad es exactamente la misma que en la novela de Huxley: banalizar las relaciones humanas y más concretamente convertir la sociedad en una gran piara donde no existan las relaciones familiares. No crean los sufridos lectoes que exagero o que se trata de una teoría conspirativa: Tiene nombre y apellidos (la llaman teoría queer) y sus sagradas escrituras lo explicitan sin ningún remilgo.‎‎
1984 es la distopía literaria clásica, tanto por su indiscutible categoría literaria como por su capacidad de aglutinar con maestría lo mejor de las anteriores (concretamente Señor del mundo y Nosotros). Orwell juega además con mucha ventaja al cavar la trinchera muy cerca de su realidad contextual (la dictadura soviética), con lo que consigue una obra muy palpable aún con unas pinceladas de futurismo. Por otro lado y debido a su éxito, es el paradigma de obra apropiada a conveniencia por todos los segmentos del espectro político (incluso por la extrema izquierda), a pesar de la burda correspondencia del Gran Hermano con Stalin, con la excusa de que Orwell formó parte de las Brigadas Internacionales en la Guerra Civil... Antes de dejar de considerarse socialista al uso (el frente republicano de Cataluña le sirvió de escarmiento) y escribir sus obras principales. El ejercicio de la extrapolación al mundo actual es en este caso más complejo, debido a la sobreabundancia de interpretaciones, que vienen sobre todo de las capacidades de los cachivaches que todos tenemos en el bolsillo, en la pulsera o en casa. Tampoco vale la pena volver a transitar los paralelismos tópicos con los métodos del comunismo. Me centraré en cuestiones más sutiles, que son la verdadera innovación orwelliana. En primer lugar, sin salir de España, se legitima de manera pública y explícita la mentira y la hipocresía como fórmulas naturales de hacer política. En este sentido, el mayor logro del autor es la concepción de la Neolengua como un práctico sistema de control social, que tiene indiscutibles implementaciones contemporáneas en forma de eufemismos, manipulación de significados y guerra de términos para definir un mismo concepto. Lo más interesante es cuando se dan situaciones como las de intentar evitar que se use una palabra o se pide eliminar del diccionario, como si eso provocase que los hablantes dejasen de emplearla. Por último, ya se baraja exportar a todo el mundo el modelo cocalero-boliviano de acercarse al estudio de la historia reciente a través de una "comisión de la verdad", tributo emocionante al ministerio donde trabajaba el protagonista de la novela.‎
‎Para terminar, y aunque no suela catalogarse como tal, Momo es en realidad una distopía disfrazada de novela infantil. Sorprende, por su genuino sabor latino en la concepción de la vida y el trabajo (no solo por la supuesta localización), el haber sido escrita por un alemán... Y, por otra parte, se ha interpretado en preferencia como una especie de cuento moralizante por estar más pegado a la realidad que sus primas mayores, prudencialmente futuristas, sofisticadas y mejor pertrechadas en cuanto a sociología y ciencia ficción. Sin embargo, los "hombres grises" que roban el tiempo han ganado la guerra sin discusión tanto en adultos como en niños... Y no parece que haya marcha atrás: Pruebe el lector a comprobar cuántos seguntos soporta cualquier persona en un tiempo muerto sin echar mano al maldito móvil. La profecía dramática no es tanto el emplearlo para ver chorradas o jugar, sino que la capacidad tecnológica de comunicación sencilla y el acceso a información o recursos obliga tácitamente al individuo a emplear mucho, demasiado tiempo, en escribir WhatsApps a gente que antes solo llamaría de vez en cuando, en buscar viajes, en vigilar gangas hasta que lleguen al precio óptimo, curiosear catálogos o, en general, múltiples gestiones prescindibles que hacemos por el simple hecho de tener la capacidad de hacerlas. Todo lo hacemos porque el organismo social nos considera culpables por omisión si no escribimos a fulanito, si no somos capaces de conseguir los mejores precios o no hemos tomado tal o cual decisión, presumiendo que contamos con un tiempo indefinido e inagotable para navegar por Internet, cosa que podemos hacer hasta mientras comemos... Y que casi todo lo demás que podemos hacer en las pausas (sobre todo, abrir los ojos y pensar o imaginar), es perder el tiempo.
Podemos ver todo esto como un simple ejercicio de imaginación, una especie de juego. O quizás un simple conjunto de casualidades. Pero todas ellas han venido a concurrir en muy pocos años, como ocurre en cualquiera de estas novelas. Curioso, ¿no?


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