Ir al contenido principal

En defensa de la romántica



Desde hace algún tiempo me veo en la situación de tener que defender muchas causas que en realidad me siguen resultando indiferentes (o que, digámoslo claro, me importan un carajo). Esta es sin duda una de ellas y sobre algunas de las demás iré escribiendo... Lo que sí me importa es la crítica deshonesta y propagandística, esa que finge defender los derechos de los toros de lidia cuando lo que realmente le ofende es el pasodoble del Gato montés y los colores de la muleta del torero.
El desprecio hacia la novela romántica no es algo novedoso: a pesar de que la trama amorosa clásica ha servido como hilo conductor de historias de todo tipo desde la antigua Grecia, las obras puramente rosas han sido consideradas desde siempre subliteratura. Todo ello a pesar de que podría decirse que el género en época moderna bebe nada menos que de las monumentales novelas bovarísticas, sobre todo de Ana Karenina (luego volveremos sobre la obra de Tolstoi) y de los afluentes Brönte y Austen.
No voy a ser yo el que niegue que la mayoría de lo que se escribe desde hace tiempo bajo esa etiqueta carece de cualquier pretensión intelectual o siquiera literaria. Ha sido casi siempre un género de consumo, de puro entretenimiento, pero curiosamente con vocación trascendental.
Hay que decir a favor de la romántica que es uno de los géneros que mejor retrata una sociedad, por delante de la más dignificada novela negra, porque sí tiene una dimensión en la que resulta virtuosa: retratar los entresijos de las relaciones humanas y la sensualidad. Así, mientras que en la romántica europea las protagonistas han sido siempre mujeres ricas e interesantes que sufren por amor, en América Latina se impone el mito de Cenicienta, con protagonistas femeninas que son rescatadas de la pobreza por hombres ricos y apuestos, luchando contra la oposición de un entorno clasista acomodado y otro reticente por su humildad. A pesar de ello, ha habido muchos casos de historias románticas latinas que han triunfado en Europa o el Magreb en formato audiovisual y al revés, poniendo de manifiesto la capacidad de universalización de estas tímidas creaciones. La romántica tiene otra gran virtud, que es la de empatizar con el lector y remover sentimientos básicos a través de la imaginación, nunca usando la exposición explícita... Lo que la emprarenta directamente con la erótica, que desde el fenómeno Grey parece obligada la convergencia de ambos géneros e implica que homologar la novela romántica a la pornografía literatia femenina haya dejado de ser una metáfora. No resulta tan acertada, en general, a la hora de construir personajes masculinos, que quitando momentos precisos de la acción, parecieran más bien mujeres con testículos por la manera que tienen de relacionarse con otros hombres, sus obsesiones impropias y sus maneras exóticas de pensar y actuar. Eso sí, al menos la romántica se salva de momento de ser criticada por su capacidad de obsesión y distorsión de la realidad con un consumo extremo y una vida asocial, algo que no ocurre con el porno, simpático mundillo que otro día me tocará también defender más desde la justicia que de la pasión.
La eterna devaluación que ha tenido siempre este género viene de un origen muy similar a la del fútbol: el hecho de que sea un entretenimiento asequible y transversal. Los modernos las critican en público, por culpa del clasismo discreto contemporáneo, ese que viene de los desaprovechadamente titulados universitarios bajobugueses submileuristas por miedo de ser confundidos con la plebe de barrio, ese segmento poblacional sobre el que tan gratuita y dignamente se escupe todos los días, salvo cuando toca reclutar voto de izquierda. Quizás los modernos también consuman estas y otras cosas peores en la intimidad, porque es inevitable reposar el intelecto de vez en cuando con divertimentos feos y sencillos.
Es más preocupante, sin embargo, la crítica contemporánea de la romántica. Hoy el imperio no está demasiado preocupado por que las consumidoras de estos géneros sean incultas y ñoñas (aunque sin duda le beneficia que se piense que lo son), sino que pretende evitar que estas lecturas cultiven o perpetuen un modelo de amor, un modelo idealista de amor real y honesto entre hombres y mujeres que están intentando destruir. No olvidemos que, para colmo, estas novelas tienen la mala costumbre de retratar con más o menos acierto a hombres viriles, con un toque rudo y salvaje, muy alejados del modelo descastado, sumiso o andrógino por el que apuesta el sistema en su siniestro proyecto social. Decía que volvería sobre Ana Karenina porque es una obra secuestrada por el feminismo actual y adicto al sistema, motivo por el que se evita a toda cosa relacionarla con el género de novela romántica a pesar de las evidencias genéticas y de haber convivido con gran éxito con otras manifestaciones indiscutidas como rosas en el ecosistema de la ya olvidada radionovela.
No puedo, por tanto, dejar de desear larga vida y grandes éxitos a la romántica, un género mucho más subversivo e importante de lo que pudiera parecer.

Comentarios

Entradas populares de este blog

"Last blood" o el funeral del justiciero

No suelo hacer entradas en el blog sobre películas de este tipo. Last blood es muy, muy floja, sin mucho que salvar, emborronada sobre todo por esa puñetera manía que tiene Stallone de intentar hacer, siempre que tiene la oportunidad , lo que no ha aprendido en casi cincuenta años de carrera: interpretar. Al igual que Schwarzenegger, solo es capaz de actuaciones convicentes cuando habla poco y hace su único personaje. Para colmo, podemos decir que durante demasiados minutos no vemos a Rambo, sino a un tipo que se llama como él, al que se le ha olvidado todo su oficio, toda su capacidad táctica; y no se distingue demasiado en sus quehaceres y recursos de un preparacionista novato de la América profunda. Con el párrafo anterior tendríamos suficiente (o incluso demasiado) para hablar de esta producción, y podríamos dejarlo ahí porque no da para mucho más, señalando la curiosidad de que la mitad del reparto son españoles haciendo el papel de mejicanos. Pero Last blood es mucho más

Necesitamos otro Torrente

Hace poco recordaba con preocupación la anécdota de Santiago Segura en Masterchef, que decidía renombrar el plato que tenía que preparar (un brazo de gitano)  para evitar ofender a nadie , a pesar de que el colectivo caló no destaca por su ofendidismo. Y lo cierto es que llevamos seis años huérfanos de José Luis Torrente. Digan lo que digan, me sigue pareciendo un personaje interesantísimo, a pesar de nunca haber sido reivindicado en público más que como un espantajo con el que ganar dinero y hacer reír. Como entidad cultural, sin duda marcada por la encomienda histórica de haber sido el bastión del catolicismo y la contrarreforma, España tiene infinidad de defectos y tres grandes virtudes que las compensan ampliamente: la solidaridad, la humildad y la honestidad. Esta última nos la conceden como propia hasta en latitudes afines y hermanadas como América Latina, de tan profuso que es nuestro idioma en expresiones para deplorar lo artificioso, lo irreal y lo poco auténtico. Por esa razó

"El Menstruador", de Lázara Blázquez Noeno

Hace pocos días, Sara Mesa comentaba en la presentación de su novela  Cara de pan  que la historia nace en parte por una experiencia extraña vivida por un amigo suyo, al que se le acercaron dos policías por el hecho casual de que había niños jugando en la zona del parque en la que estaba tranquilamente sentado. Al leerlo, me vino a la cabeza la anécdota de un amigo suizo: Me contaba que en su país los profesores de gimnasia habían optado por dejar irse al suelo a las alumnas que se caían de una espaldera o trepando la cuerda en lugar de recogerlas o intentar sostenerlas, temerosos de que fácilmente pudiesen ser acusados de agresión sexual por hacerlo En realidad,  El Menstruador  trata de esto mismo: un tipo de sexismo que nunca se saca a debate ni tiene grupos de influencia o propuestas políticas que traten de combatirlo, una criminalización preventiva del varón en según qué circunstancias de la que ya no se libran ni los niños . Más concretamente, se centra en la indefensión a