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Precaución, amigo escritor



Quien haya frecuentado en Madrid los barrios de Lavapiés o Huertas recordará sin duda a una joven que deambula triste, cargada de ejemplares de un libro suyo que a menudo parece vender como simples objetos. Sin duda, algún desaprensivo debió convencerla en su momento de las bondades de la autopublicación...  O de la coedición, o de la compra obligatoria de un número mínimo de ejemplares, y de lo fácil que sería vender por su cuenta un par de cientos de ellos.
Es una historia se repite cada vez más a menudo, con diferentes matices, en todo el mundo: el libro electrónico y la impresión digital han hecho florecer todo tipo de empresas capaces de imprimir o editar libros con un coste y unas infrastructuras relativamente baratos (aunque el resultado no tiene la misma calidad), por lo que la autopublicación ya es desde hace años una opción accesible a casi cualquiera. Además, es ya posible el autoeditar incluso en libro físico sin arriesgar un euro con las diferentes modalidades de impresión bajo demanda.
Entre los autores que autoeditan existen principalmente dos facciones: los que están convencidos con la opción y quieren trabajar exclusivamente así,  y los que tienen dudas o la piensan usar de manera transitoria esperando la oportunidad de pegar el salto a la edición tradicional, que son los más numerosos. A los primeros nada que decir, porque han elegido su camino de manera consecuente y, en general, más meditada. Este post está dedicado más bien a los segundos, o a los que quieren probar o buscan opciones.‎
Vaya por delante que la autopublicación me parece una opción legítima, y como comentábamos en este mismo blog, creo que ya tiene definido incluso su nicho de mercado. Pero precisamente esta facilidad e inmediatez hacen que muchos escritores se abracen a ella precipitadamente o sin ser conscientes de sus consecuencias, que en algunos casos son irreversibles.
La posibilidad de hacer una obra disponible al público casi de inmediato en una plataforma digital, o en un tiempo breve y sin peros a través de algún servicio de autoedición que lo proporcione en físico, hacen que demasiado a menudo encontremos escritos que no tienen ni siquiera una mínima corrección ortográfica o sintáctica (y ya no digamos de estilo). Nadie en este mundillo, excepto el propio autor, va a exigir el prefeccionismo que la obra requiere... Y una obra con errores causa una mala impresión que no es fácil de remontar, que además desprestigia al todo el propio ecosistema en el que se distribuye.
Por otra parte, el autor tiene que ser consciente de que, cuando decide autoeditar una obra, está escribiendo su destino (salvo extrañísimos casos) para siempre: cualquier obra subida a una plataforma digital o editada en una tirada física por corta que sea, ya no tiene una segunda oportunidad para que el autor pueda intentar presentarla a un certamen literario o a evaluación de editoriales o agentes. Me encuentro a diario casos de autores que, por la posibilidad de tener su obra inmediatamente disponible al público o por el ansia de verla en sus manos y las de familia y amigos, eligen esta vía sin ser conscientes de las consecuencias y se arrepienten a posteriori. Poner una novela a la venta como libro electrónico o compartirla a sorbos por Wattpad puede ser un experimento interesante o incluso enriquecedor si se es consciente de que dicha obra se va a sacrificar "por un bien posterior". Si la obra tiene unas pretensiones o un valor especial para el autor, creo que vale la pena intentar editarla de manera tradicional primero (aunque el proceso requiera la paciencia de meses o incluso años) o al menos intentar distribuirla por otras vías, de la manera más digna posible.
Hay quien pregona que la autopublicación es una tendencia imparable, que terminará barriendo la edición tradicional, que llevará a un marco más justo y con más libertad para el autor (sobre todo, los empresarios que ganan dinero proporcionando servicios para autores que eligen estas modalidades), pero lo cierto es que, más allá de la propia venta por internet o la irrupción del libro electrónico (que cambia el paradigma al evitar que un libro se pueda descatalogar), las fórmulas de viralidad a través de las redes sociales no funcionan igual de bien que en otro tipo de manifestaciones artísticas de deleite más rápido, como una fotografía, un pequeño vídeo o una canción de pocos minutos. Es mucho más frecuente que un usuario con muchos seguidores antes de ser escritor le venda a su público un libro que un autor sin seguidores consiga ventas por la misma vía, por no decir que los seguidores que va a ir consiguiendo por el camino, por más que su vanidad quiera negarlo, son más interesados en beneficio recíproco (si tú me sigues, yo te sigo) que verdaderos interesados en sus obras. Los lectores tienen que pensar mucho más antes de decidir en qué invierten todas las horas que necesita un libro en lugar de otro, por lo que la segmentación editorial y la crítica (que, en general, no entra en los círculos de autopublicación, y la que suele haber es más de unos autores con respecto a otros) todavía resulta muy relevante, amén de las propias librerías. Tampoco son ciertas estrictamente hablando muchas de las cifras de ventas que se comparten por ahí: en general, se trata más bien de descargas de usuarios con "tarifa plana mensual" que compras directas al autor, con lo que las ganancias son mucho menores de lo que pueda parecer. De hecho, en plena crisis económica y supestamente del negocio literario, han surgido muchas pequeñas editoriales orientadas a los nuevos autores o a recuperar clásicos olvidados o injustamente ninguneados.
Todas las opciones son válidas. Pero, amigo escritor, piense bien lo que hace sin precipitarse.

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