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"El sentido del tacto", de Alejandra Costamagna


Como ocurrió también con Cristina Morales, su compañera en el pódium del Premio Herralde 2018, de Alejandra Costamagna me sorprende todavía más que haya lanzado precisamente a estas alturas una obra aparentemente tan personal, con todo el recorrido y madurez literaria que lleva ya a cuestas. Quizás haya sido una de esas historias que no se pueden terminar de escribir con veinte años, o que una vez escritas han necesitado un barbecho indefinido a la espera de una oportunidad propicia... Pero el caso es que la protagonista de la historia tiene demasiadas correspondencias biográficas y personales con la autora (según su propia entrada en la Wikipedia) como para ser casual, además de estar construida sobre ese delicioso academicismo y rosario referencial que inconscientemente tendemos a plasmar en las primeras obras.
"El sentido del tacto" es una historia claramente costumbrista y, seguro, con grandes elementos de identificación para muchas sagas familiares de Argentina, Uruguay o Chile... O incluso, con mayor diversidad cultural, también en Estados Unidos. Por una parte está el desarraigo o la identidad difusa, más allá de la primera generación, de ese tipo de inmigrantes de finales del siglo XIX y principios del XX hacia países americanos con recursos, pero pendientes de poblar y terminar de construir. Un desarraigo que, paradójicamente, se encuentra en conflicto con los nacionalismos locales entre estados con mucho menos de dos siglos de historia, encarnados en individuos naturales o hijos de italianos o alemanes en ambos bandos. Por otro lado, cuenta en dos segmentos temporales diferentes una historia nacida en una generación y repetida en la siguiente: el unigénito aislado del mundo para su protección y a la vez abandonado por su madre, que termina por quedarse fuera de él. Las vidas, primero de Agustín y luego de Ania, sin apenas relación entre sí a pesar de su parentesco y sus veranos en el mismo caserón, son las verdaderas protagonistas de la novela: Ania redescubre a Agustín justo cuando acepta la misión de representar a su familia en el funeral de este. Sin embargo, este primo de su padre sí la tenía presente a ella y era capaz de profetizarle su misma miseria en la edad adulta... Y de alguna manera, sin haberlo expresado jamás ni hacer nada al respecto, el cierre del capítulo familiar con su muerte es el proceso que altera por fin la existencia lineal de Ania.
La narración es en tercera persona, pero utilizando el tiempo presente, para enfatizar la subjetividad del relato y la actitud pasiva ante la vida de estos primos lejanos. El presente actual transcurre en una época indefinida, pero que sin duda pertenece a un pasado reciente, por las referencias contextuales de la tecnología de las telecomunicaciones con la que cuenta Ania (otra evidencia de que la obra probablemente fue escrita hace algún tiempo) y, en su conjunto, es una novela sencilla y corta, pero con unos objetivos bien definidos. 
Sin duda lo mejor de la obra es su prosa, muy bien calibrada y de buena escuela; lírica y sensual como el propio título sin llegar nunca a lastrar la fluidez del relato y que firma una promesa grandiosa a corto plazo.

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