Ir al contenido principal

"El Menstruador", de Lázara Blázquez Noeno


Hace pocos días, Sara Mesa comentaba en la presentación de su novela Cara de pan  que la historia nace en parte por una experiencia extraña vivida por un amigo suyo, al que se le acercaron dos policías por el hecho casual de que había niños jugando en la zona del parque en la que estaba tranquilamente sentado. Al leerlo, me vino a la cabeza la anécdota de un amigo suizo: Me contaba que en su país los profesores de gimnasia habían optado por dejar irse al suelo a las alumnas que se caían de una espaldera o trepando la cuerda en lugar de recogerlas o intentar sostenerlas, temerosos de que fácilmente pudiesen ser acusados de agresión sexual por hacerlo
En realidad, El Menstruador trata de esto mismo: un tipo de sexismo que nunca se saca a debate ni tiene grupos de influencia o propuestas políticas que traten de combatirlo, una criminalización preventiva del varón en según qué circunstancias de la que ya no se libran ni los niños. Más concretamente, se centra en la indefensión ante la justicia y la sociedad en la que se encuentra un hombre deunciado injustamente por violencia doméstica. De hecho, tuve conocimiento de la obra por canales literarios muy minoritarios, alejados de las redes sociales (a pesar de que se vende en algunas librerías físicas) y cuando lo iba leyendo en el metro, siempre tenía la sensación de llevar en las manos un objeto clandestino, no solo por las miradas que atraía la provocadora portada.
Se trata de una novela en forma de crónica. Un proyecto arriesgado, con pretensiones divulgativas e incluso enciclopédicas sobre el tema en cuestión, por lo que quizás lo más acertado sería definirla como una especie de Moby Dick, donde Ismael lo cuenta todo como presa en lugar de cazador... Pero en un estilo crudo e incómodo, de realismo tan profundo y preciso que hace cuestionarse constantemente al lector cuáles son las dosis de ficción que se han empleado en cada pasaje, utilizando una prosa bien destilada en una historia demasiado causal, redondeada, conclusiva y patológica en su evolución como para reflejar hechos biográficos, amén de unos personajes más peculiares y bizarros de lo que abunda en la calle; pero que al mismo tiempo contiene digresiones tan torrenciales y desgarradoras que resulta complicado  en un análisis desvincular completamente de una motivación real la creación de la obra. El texto es, de hecho, un aguijoneo constante desde escenario, incluso en los fragmentos de narrativa pura, para intentar evitar que la lectura sea pasiva o lúdica. Todo esto resulta en un ejercicio literario brillante, rara avis del panorama de la autopublicación, no apto para todos los públicos, dado que cada vez escasean más los lectores, incluso con buen diente, capaces de asomarse a una obra que no comulgue en gran medida con su catecismo o se vean espantados por discursos que puedan salirse ligeramente del renglón de las corrientes ideológicas mayoritarias.‎
Por último, y dado que no existe mucha trazabilidad sobre el currículum literario de Lázara Blázquez Noeno, tenemos que hablar de sus influencias, al menos en esta obra. Yo siento la misantropía intelectualista de Houellebecq y, sobre todo, a Kafka: el hombre solo ante el sistema contra el que no es capaz de enfrentarse, rodeado de situaciones familiarmente absurdas y personajes siniestros con los que debe empatizar, como un Samsa ya metamorfoseado implicado en el proceso que se niega a sí mismo la viabilidad de llegar al castillo. 
Teniendo en cuenta todas las decepciones que me he llevado leyendo libros autopublicados o independientes, creo justo destacar obras como esta, que tiene nivel y pretensión literarios, para que no se hundan en el pozo de la promoción limitada.‎

Comentarios

Entradas populares de este blog

Literatura después del coronavirus

Hay mucha gente tratando de imaginar cómo será el mundo después del coronavirus, y de paso, fantaseando también con cambios irreversibles de toda índole que puedan traer oportunidades, de esas que tanto gusta hablar a los redactores de manuales para vagos y pusilánimes. Cinco meses después del comienzo de la crisis, el populacho empieza ya a dividirse entre los que piensan que esto no se va a acabar nunca del todo y los que no terminan de creerse que sea algo real, al amparo algunos divulgadores oportunistas de discurso insolvente y, sobre todo, de la irresponsabilidad en la comunicación gubernamental y privada, que ha ocultado las muertes detrás de la estadística y ha tratado de presentar el confinamiento como el descojonante juego de quedarse en casa unos días haciendo verbena en los balcones, tomándonos a todos por el niño de La vida es bella.  Uno de los temas sobre los que se discute, por supuesto, es la literatura. Los profetas del aspaviento y la charla TED llevan años anunciand…

Coronavirus, religión y postureo

Cada miércoles de ceniza empieza la Cuaresma con la lectura del que, sin duda, es el fragmento del Evangelio que más directamente ataca la práctica del postureo:
Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tendréis recompensa de vuestro Padre celestial. (...) Cuando hagas limosna, no lo vayas trompeteando por la calle como hacen los hipócritas (...) tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.
No por ello el fanfarroneo de la caridad es en nuestros días ajeno a algunos representantes de la Iglesia, sobre todo cuando son estrellas televisivas aprovechando la oportunidad mediática del contraejemplo, e intentan cargar de superioridad y razón sus chapoteos políticos explícitos en temas que no tienen que ver con la moral, esa que, junto con la ayuda al prójimo, debiera ser su única jurisdicción en sermones e iniciativas escudadas en sus votos. Quiso la casualidad que precisamente ese día, el 26 de febrero, se registrase d…

Tabarnia

Hace unos años, en lo más duro de la crisis económica, grupos de extrema derecha (o como quiera llamársele) decidieron ocupar en el barrio madrileño de Tetuán  un edificio con la excusa de establecer en él un lugar para cobijar a españoles desfavorecidos, sin hacer demasiado ruido. Creo que todo empezó como una especie de mofa hacia los okupas "clásicos", pues nunca estos grupos habían hecho algo semejante. Al poco tiempo, los del otro extremo del árbol ideológico empezaron a incendiar las calles y las redes sociales con mensajes,  carteles y panfletos de rechazo al llamado "Hogar Social Madrid", porque se había apropiado de su discurso y, además, había conseguido venderlo ante mucha gente como una acción positiva, frente al halo de caradurismo y rebeldía que el tipo de ocupación de sus acólitos emanaba desde siempre ante la sociedad. Más cerca en el tiempo todavía, ‎media España se indignaba con la subida al poder de Donald Trump, no tanto por cuestiones ideológic…