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León XIV reivindica el software y la IA libres en "Magnifica Humanitas"

Por más que haga rabiar a muchos, debe ser cierto eso de que el catolicismo está de moda, porque jamás en la historia reciente una encíclica papal había despertado tanta expectación como esta, poniendo todo el mundo a bailar el día propio de Pentecostés. Supongo que influye el morbo de que fuera a tratar el tema de la Inteligencia Artificial, algo sobre lo que todos pontifican y casi nadie tiene verdadera idea de su uso y funcionamiento... y menos todavía los que vayan a leerse del texto original mucho más allá del resumen que tenga a bien hacer Chatgepeté, Yeminai, Copailot o lo que cada uno tenga más a mano. No lo digo con el cubalibre en la mano, ya hemos visto todos que las primeras reseñas giran entorno a citas descontextualizadas o detalles doctrinales y epistemológicos tan relevantes como la referencia a Tolkien en un diálogo de Gandalf el Gris.
El núcleo de la encíclica es en realidad reivindicar la vigencia y valor del la Doctrina Social de la Iglesia, de modo que la cuestión tecnológica es una mera excusa para contextualizarla a fecha de mayo de 2026. Con este propósito, León XIV contrapone en su catequesis dos iconos de gran potencia alegórica: la torre de Babel, como la soberbia de la inventiva terrestre frente al Creador («si Dios no construye la casa, en vano se cansan los albañiles»), y la reconstrucción de la muralla en Jerusalén tras el exilio en Babilonia, como proeza de la voluntad comunitaria (aquí también hay soberbia, porque los mentideros hoy te citan a Nehemías con suma familiaridad, como si se hubieran leído el libro). En ese sentido, la DSI proclama la dignidad del hombre como individuo, así como la responsabilidad personal en la gestación del bien común, de modo que ni el Estado ni el poder económico pueden usurpar ni tutelar la capacidad ni la creatividad individuales. 
Como era de suponer, la encíclica no se centra en la IA, sino que capara todo el amalgama tecnológico actual, al cabo se no se compone más que de tipos singulares de aplicaciones... y ahí es donde el papa deja caer la consigna central del asunto, un verdadero cambio de paradigma: «Hoy, entre los bienes que están destinados universalmente a todos, debemos incluir también las nuevas formas de propiedad: patentes, algoritmos, plataformas digitales, infraestructuras tecnológicas, datos» y «la gestión de los datos y los algoritmos, no se puede dejar que pocos actores por sí solos orienten los procesos, sino que es necesario construir formas de cooperación que respeten los diversos niveles de la comunidad mundial y los hagan corresponsables del bien común». Lo que implícitamente propone León XIV no es algo nuevo, pero rara vez había trascendido de la cantina informática al debate público: se trata del software libre. La filosofía de esta aproximación, inaugurada en su momento por Richard Stallman y continuada hoy de muy diversas maneras, propone que las aplicaciones deben ser libres y gratuitas. Para ello, es condición necesaria que las aplicaciones dispongan de su código fuente de manera pública, de modo que cualquiera (y aquí se presupone conocimientos de programación para una mayoría de ciudadanos) pueda verificar completamente el funcionamiento del programa (garantizando la tan cacareada «transparencia», aunque a la IA no le aplique tanto) y también contribuir a mejorarlo, extender su uso o incluso modificarlo para hacer una versión particular acorde a sus gustos y necesidades. No se trata de nada exótico: el software libre sostiene o forma parte de la gran mayoría de los servicios que utilizamos a diario, y facilita desde hace décadas la posibilidad de que muchos proyectos tengan la posibilidad de nacer. Traducido a la inteligencia artificial, esto equivale a utilizar modelos de uso libre entrenados y domesticados para cubrir las necesidades de una comunidad concreta frente a la dependencia de los grandes modelos comerciales.
Es justo destacar que León XIV demuestra en su carta general hablar con propiedad de la IA y comprender su funcionamiento e implicaciones a un nivel mucho mayor que los leguleyos y «líderes mundiales» habituales, lo que es de agradecer, y coloca a la Iglesia como un referente mundial incluso para paganos y ateos, entre pataleta y pataleta. No podemos perder de vista que Robert Prevost era, en lo civil, profesor de matemáticas... y la inteligencia artificial se fundamenta en la inferencia estadística. Así, el papa es capaz de atinar en lo relevante: «todos nosotros, incluidos quienes los diseñan, sabemos muy  poco sobre su funcionamiento efectivo. Las inteligencias artificiales modernas están más “cultivadas” que “construidas”: los desarrolladores no diseñan directamente cada detalle, sino que crean una arquitectura sobre la cual la IA “crece”» «existe a menudo un desequilibrio entre la velocidad del desarrollo tecnológico y el ritmo al que maduran la conciencia, las normas, los controles y (...) la educación de los usuarios».
Personalmente echo en falta alguna referencia al mayor desafío teológico que ya plantea la inteligencia artificial: la idolatría hacia los modelos como oráculos, la creencia supersticiosa de que poseen algo homologable a la conciencia o la fantasía de que tienen una verdadera inteligencia y esta ha superado a la humana. El pontífice, sin embargo, sí pone a los fieles en guardia contra el transhumanismo, que de alguna manera es una taumaturgia aledaña a todo esto: «no podemos considerar a la IA como moralmente neutra» «una cosa es integrar las tecnologías en una visión humana y relacional; otra es dejarse guiar por un imaginario que desprecia el límite y promete una “salvación” puramente técnica» «Educar en el uso de la IA implica, por tanto, educar para decidir cuándo y para qué no utilizarla» y, por fin «Debemos aprender a prescindir de la IA y proteger a nuestros jóvenes de la promesa de la máquina perfecta, de esa sutil seducción que hace parecer inútil el pensamiento humano precisamente cuando más se necesita».
Como no podría ser de otro modo, el corolario del texto es situar al hombre como figura central frente a las capacidades de la técnica (recordemos cuando Elon Musk, antes de comprarse Tuiter y meterse en política, afirmaba que los humanos del futuro tendrían que conectarse a interné a través de su neuralink «para seguir siendo relevantes»), de modo que le corresponde pastorear y no resignarse a un rol pasivo integrado en el panorama: «La omnipresencia de los medios digitales genera una cultura de la inmediatez y la sobreestimulación, que alimenta el cansancio, el aburrimiento y la apatía ante el esfuerzo que supone buscar la verdad (...)  La IA no libera al conflicto de su intrínseca inhumanidad: sólo puede hacerlo más rápido e impersonal».