Con Matate, Amor, que pronto veremos adaptada al cine por orden de Martin Scorsesse, Ariana Harwicz experimentaba por primera vez su arquetipo de madre esencial y exógena perdida en el rural francés, logrando su especimen más salvaje y particular, una especie de bestia enjaulada lejos de su hábitat. Con el tiempo, y gracias a la generosidad de la autora al divulgarlo, hemos descubierto que la obra también tiene innumerables interpretaciones teatrales en varios países con forma de monólogo, tal es el desparpajo de la narradora y lo estanco de su cosmogonía.
La primera vez que leí Matate, Amor (sin tilde, pues es fundamental el contraste de lo porteño con lo continental supramediterráneo), no entendí bien eso de la Trilogía de la Pasión para titular el tomo con el que Anagrama editó la obra en España junto con La débil mental y Precoz. En perspectiva con el resto de la obra, tal vez fuese la pieza que me faltaba: sigo sosteniendo que el eje de la Harwicz son las relaciones freudianas, las enchuflas sentimentales y evolutivas que, según dicen, marcan la afectividad del individuo a través de un itinerario de eventos traumáticos y recurrentes... aquí hipertrofiadas y cimarronas para ser inteligibles. Hablamos de nuevo de un triángulo hijo - madre - padre con vértices discontinuos y diferente color... cojeando de pasión, ¿pero qué es la pasión?
Estaríamos ante una reinterpretación honesta del mito bobarístico en recorrido inverso. Lo carnal ya no es un señuelo ambiental colocado para corromper una virtud envidiada, desdibujar el pecado escondiendo el remordimiento comparativo. Tampoco una herramienta de emancipación o la caries de una relación mal cuidada o defectuosa de origen. La pasión es una dimensión fundamental y legítima de las cosmogonías relacionales de pareja, que aquí se compara por tamaño en lugar de por temperatura: cualquier doctrina se significa como falsa cuando se define por oposición o externaliza toda culpa en terceros, y rebajar el deseo a condición de objeto que se calienta y se enfría también lo es. Una pareja no es viable en divergencia de valores fundamentales, la necesidad de presentismo y posesión... o la necesidad individual de pasión, que no mengua ni crece por más que nos quieran convencer en lo contrario, tampoco en las mujeres. El desequilibrio en la necesidad de pasión es el detonante de Matate, amor, de nuevo un conflicto incomodísimo imposible de narrar hoy si no es con voz femenina, para tener la oportunidad de ser escuchado y entendido sin ladridos de fondo.
Podríamos decir entonces, sin equivocarnos mucho, que la obra es un proceso de duelo vivido dentro de la relación, no desde el final de la misma. Por esa razón, nuestra sufrida narradora solo es capaz de empatizar en lo secreto con su suegra cuando enviuda. Este duelo pasa por la mayoría de sus fases canónicas, empezando por la negación implícita y culminando con una propuesta de lo más provocadora: ¿la pareja debe romperse cuando se han superado todos los vínculos o con los indicios de la ruptura? ¿En el arrebato infantil violento, montaje unilateral de distanciamiento inmediato, o en la calma y el entendimiento mutuos?
En este brindis extraño surge el peculiar humor de Ariana Harwicz, brutal y absurdo, como corresponde a los serpenteos de toda purga emocional, el botín que toma sin permiso un cuerpo borracho de neurotransmisores cuando termina de dormir la mona. Tal vez una invitación a empatizar con las locuras ajenas o a sobrellevar mejor las propias. Y también retrato y reivindicación de las relaciones desapasionadas e inexplicables que no necesitan combustibles ni aceleradores para existir.
Recomiendo, por tanto, esta brillante ópera prima, homenaje quienes los rechazos no se arredan de innovar, incomodar y arriesgarse a tener una voz propia a barlovento.