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La otra cultura


Después de casi año y medio, hoy volví a dejarme caer por la oficina. Este pobrecito hablador, como bien supondrán, no puede de momento permitirse el lujo de vivir de sus novelas y artículos. Para mí oficina es sinónimo de metro, el vigesimosegundo distrito de La Villa y Corte que iguala a todos los demás bajo tierra, con el que hoy también me reencontré en serio. Y al pasearlo por sus plazas y rotondas, me di cuenta de que faltaba algo. En realidad, faltaba mucho.
En la cima de las escaleras mecánicas no encontré al violinista que busca la simpatía de las apresuradas criaturas de despacho interpretando bandas sonoras populares. Tampoco al guitarrista colombiano, apostado apenas a diez metros a su izquierda, versionando a Sabina y a Silvio Rodríguez. Luego, dentro del vagón, echaba en falta a los espontáneos que improvisaron el ballenato que luego bailé con mi mujer después de casarme, los descarados comediantes vestidos de época, el menesteroso señor que recita a Rosalía de Castro en sus dos lenguas, los adolescentes rapeando, los peruanos tocando Sound of silence con flauta de pan y charango, los rumanos con el címbalo o el acordeón... Ni siquiera estaban los que desafinan cantando por Maluma, Bisbal y Bustamante. Hasta los que decoran la publicidad de los andenes con lemas socarrones y garabatos obscenos parecían haber desaparecido.
Pensé que quizás era cosa de la mañana, que el bicho había desplazado los horarios y las costumbres. Pero la vuelta fue igual: la tarde es más propicia para la música más enérgica, pero tampoco me encontré por los nudos de intercambio al roquero andino que retrato en mi primera novela, ni al guitarrista aullador, ni al percusionista de los tubos y los cubos. Solo me topé al final con uno que recuerdo desde que llegué a Madrid, con un estilo a lo Luca Turilli de barrio versionando los Dire Straits; pero se había cortado la coleta y estaba encanecido y demacrado, como si hubiese envejecido diez años de repente. Y entonces recordé que en la superficie pasaba lo mismo: había desaparecido la orquesta de cámara que amenizaba la calle Preciados y el dueto de padre e hijo vestidos de El Zorro tocando a guitarra El concierto de Aranjuez, junto con todos los artesanos que vendían manufacturas frescas. Ni siquiera quedan ya magos, caricaturistas ni titiriteros en el estanque del Retiro. Solo algunos hombres estatua y mascotas infantiles que se reparten entre este parque y la Puerta del Sol.
Es la otra cultura. Los otros artistas, por los que nadie derrama una lágrima, que no han podido acogerse a un ERTE ni tienen políticos que los apoyen. La pandemia no los ha puesto en aprietos, sino que directamente se los ha llevado por delante; si no por hambre, seguro que de pena al serles arrebatado durante demasiado tiempo lo único que tenían: su humilde escenario de la calle y la mayoría de su público. Virtuosos y torpes sin representante a los que las estrecheces habrán obligado a marcharse, quizás buscar un trabajo prosaico... O lo que es peor, haber decidido renunciar a publicar arte en su tiempo libre, heridos de baja autoestima por una soledad que resultó ser más nociva que el habitual ninguneo. Talentos dispares al aire libre y en los subterráneos que no siempre agradaban, pero conseguían hacer más digerible y humana esta ciudad pasada de rosca. Hoy todo es más sórdido y maquinal, en un silencio que resulta más molesto que una mala canción en vivo.
Tarde o temprano vendrán otros, claro. O quizás el vacío haga olvidar pronto las antiguas costumbres y disuada por vergüenza a los que fantasean con probar suerte... Y Madrid converja a ser como otra ciudad cualquiera, el poblanchón manchego que decía Mesonero Romanos, olvidándose de aquellas necesidades esenciales por inútiles que no aparecen en ninguna programación ni presupuesto público.