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Por qué Iker

 
Allá por el otoño de 2005 empezaba a emitir Cuatro, una cadena de televisión bastante desconcertante, sobre todo por tardía (Telecinco y Antena 3 llevaban unos quince años ya emitiendo sin apenas competencia), pero también porque los españoles no estábamos acostumbrados a tener canales privados con una línea ideológica tan evidente. Relacionado o no con esto, otro matiz que parecía caracterizarla era tener como público objetivo la población en la franja de edad en la que me encontraba por entonces (poco más de veinte años), por la reposición de espacios como el otrora llamado Pressing catch, los dibujos animados de Oliver y Benji o antiguos programas del hoy punible Humor amarillo. En esos primeros años también se execró en la emisora, es justo decirlo, la peor telebasura de la historia de nuestro país, con espacios de tele realidad morbosa, quizás también con ánimo de generar expectación en jovenzuelos como yo, como reality shows de drogadictos o el escaparate continuo de miseria con vocación casi humorística que era Callejeros. Paradójicamente, Cuatro siempre fue un canal bastante respetado dentro de la cultura televisiva, pero su parrilla no fue domesticada hasta ser absorbida por la demonizada Telecinco.
Entre todos los espacios de Cuatro, había uno muy diferente al resto (tanto, que fue el único que sobrevivió de la programación primitiva tras la fusión), que competía en su arranque muy duramente con la por entonces divertida serie Los hombres de Paco los domingos por la noche. Poco a poco fui desertando de la comisaría de San Antonio a Cuarto Milenio, porque desde su arranque prometía algo muy diferente a todos los intentos que en la televisión habían sido de tratar misterios y fenómenos paranormales. Había oído hablar de Íker Jiménez y Carmen Porter, pero nunca había escuchado su programa de radio, con lo que me adentraba sin ningún tipo de prejuicio. Me encontré con un programa en el que, a diferencia del resto de la cadena o incluso de lo que era común en televisión, se hablaba con bastante neutralidad de temas que pudieran resultar espinosos (véase la guerra civil española); y se huía del efectismo de barraca y los trampantojos tristemente frecuentes al llevar estas cuestiones a la televisión. Al contrario, se trataba de aportar diferentes puntos de vista, también científicos, sobre un mismo fenómeno. Además, se ampliaba la definición de misterio para tratar curiosidades antropológicas, históricas, folclóricas o de suceso. Me parecieron gente seria y con criterio, algo que nunca creía que podría decir de los divulgadores de lo extraño, que cada cierto tiempo hacían su intentona fallida en la pantalla.
Reconozco que durante un tiempo, por los horarios intempestivos que lo han maltratado con tanta frecuencia, mi seguimiento de Cuarto Milenio fue irregular, pero llegó un momento en el que era lo único que veía en televisión cuando no me veía impedido para entretenerme con otros quehaceres, y me convertí en un pequeño estudioso de algunos temas concretos. Por aquel entonces empecé a enfrentarme al folio en blanco: acumulé durante un año en cafeterías bohemias anotaciones en las que trataba de desarrollar mucho de lo que creía que tenía que contar en una novela... Pero no tenía novela, historia, hilo conductor o siquiera un personaje. Fue entonces cuando se me ocurrió que podría ser una buena idea para mi primera novela el tejerla a través de un protagonista que fuese investigador de sucesos paranormales, prometiéndome a mí mismo huir de los misterios más populares y tópicos. Traté, además, de hacerlo de manera honesta e incluso empática hacia los que dentro del gremio usan embustes a sabiendas... Y desde muy pronto creí entenderlos también a ellos.
Cuarto Milenio iba ganando antigüedad, llegando a cifras poco frecuentes para cualquier espacio televisivo y directamente impensables para uno de cosas paranormales, de modo que correspondía ya hacer el análisis de los porqués de un trabajo tan notable. Creo que lo primero que desde fuera se puede confirmar de Íker y Carmen sin errar mucho es la lealtad: han ido incorporando colaboradores, algunos se han marchado a emprender sus propios proyectos, pero siguen contando con la mayoría de los que empezaron en la primera temporada, y referenciando de manera constante a los popes ancestrales que nunca han podido o querido dejarse caer por el plató. Y es algo que puede resultar desconcertante, porque no todos ellos, desde mi punto de vista, tienen la misma querencia por el rigor o la pluralidad de opiniones... Pero quizás para ellos es importante rendir homenaje a los que los ilusionaron a enrolarse, aunque fuese a su manera, en las filas de este mundo o de los que aprendieron, aprehendiendo de manera responsable.
Jiménez y Porter han hecho desde el principio algo que podría parecer obvio, pero es cada vez menos frecuente en los medios de comunicación en general y los catódicos en particular: ejercer el periodismo. Amén de que no dejan de hacer televisión de entretenimiento, con todo lo que ello implica, y que no comparto la manera en la que enfocan algunos de sus reportajes o investigaciones, siempre tratan de dar voz a diferentes sensibilidades y se intentan aportar datos o contrastar noticias y fenómenos recientes. Esto, sin duda, es lo que ha atraído a muchos profanos y espectadores ocasionales vergonzantes o inconfesos que nunca se asomarían a un programa de este tipo... Y, por tanto, la clave de su audiencia. Y si en los tiempos que corren a menudo no se ejerce ya el periodismo ni en los espacios informativos (donde ya no se pueden presentar las noticias si no se ha sido agraciado por la naturaleza), más difícil todavía es encontrar que quien lo ejerza tenga un nivel cultural respetable. Íker Jiménez comunica con más propiedad y conocimiento que la inmensa mayoría de los periodistas que se dicen serios, y no es precisamente querido por ello dentro de su gremio.
De un tiempo a esta parte, Cuarto Milenio atravesó otra barrera e incorporó un espacio final a modo de editorial, en el que cabrían ya reflexiones en cualquier ámbito, incluso de la propia actualidad. Desde ese momento, Íker se convirtió en una especie de líder de opinión con un altavoz y una trascendencia al alcance de muy pocos, con opiniones viscerales y a menudo corrosivas en su alegato final. Se convirtió, por tanto, en uno de los mejores ejemplos a la hora de contraponer la legítima expresión en base de una ideología personal versus el sectarismo tribal de partido político que hacen casi todos los demás. Obviamente, entró en grandes y sonoras polémicas mucho antes del coronavirus, y me atrevo a decir que perdería una parte de sus seguidores, pero a cambio se convirtió en inmortal a su cadena y su propio programa, fidelizando al resto. De alguna manera, llegó a convertirse en una especie de patrimonio público, de un modo similar a los libros clásicos, de los que todas las ideologías de los lectores llegan a apropiarse su discurso. Pero la incorrección no se relegó solo a la hora golfa del programa, a la que ya solo llegan los que están dispuestos a perder horas de sueño, sino que pasó a impregnar también el resto, incorporando frecuentes temas de un verdadero patriotismo del misterio en el sentido más sano de la palabra: compromiso de divulgar siempre al menos un suceso, anécdota o misterio local y de rescatar a científicos españoles olvidados. Yo le invito desde aquí a que haga lo propio con los muchos héroes y aventureros de nuestro país, que nunca han aparecido en los libros de texto y tienen historias fascinantes y trascendentales.
Respeto profundamente a los que dicen lo que piensan, virtud netamente española, aunque no comparta siempre lo que digan, y procuro hacerlo yo mismo siempre, porque el mundo se está pudriendo con las pestes del eufemismo, el miedo a polemizar y la omisión. Los charlatanes no entran en el debate, sin embargo la crítica, el ser llamado cuñao y la envidia suelen ser en España indicios de un trabajo bien hecho comunicando. Íker dijo una vez en su espacio de opinión que "hay que decir lo que uno cree y como uno lo considere, porque de una manera u otra, habrá siempre a quien le parezca mal". No puedo estar más de acuerdo con esta frase, ¿y ustedes?

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