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"Solenoide", de Mircea Cartarescu


No me gusta, en general, reseñar grandes obras, porque me parece un ejercicio redundante e impropio de una bitácora tan minoritaria como la mía. Pero cuando terminé Solenoide y me puse a buscar comentarios ajenos, la gran mayoría de lo que encontré eran superficialidades de compromiso, reproducciones de la nota de la editorial Impedimenta a propósito de la obra, o incluso gilipollecitas de gente que muy probablemente ni se la ha leído (me he topado, incluso, con quien le dedicaba un artículo confesando no haberse leído más que la cuarta parte). Para colmo, en una reciente lista confeccionada para Babelia (el suplemento cultural de El País), en la que supuestamente se ordenaban "los mejores libros del siglo XXI", Solenoide no aparecía... Y sí obras de los propios intelectuales que votaban (lo que me parece de muy mal gusto), amén de estrellas de la cultura pop en lo más alto, como el cómic Persépolis, de Marjane Satrapi o el inefable best seller Sapiens. De hecho, creo que el resultado no hubiese sido muy distinto si el diario hiciese una encuesta pública en su página web. Me parece, por tanto, necesario hacer esta excepción, porque quizás no es una obra tan conocida como pensaba o, desde luego, se merece.
Solenoide no es un libro cualquiera, ni siquiera una obra magistral más. Es una de esas creaciones de vocación universal y exhaustiva, que trata de hablar de casi todo, de los que apenas se escriben desde hace demasiados años, no sé si por falta de ambición por parte de los escritores o por la sumisión a la idea de que, con el avance científico y la democratización del acceso al conocimiento, es innecesario que la literatura continúe tratando determinados temas, relegándola a la especialización, a la abstracción y a las cuestiones contextuales; centrándose en el cómo y abandonando casi por completo el qué y el por qué. Solenoide son muchas cosas juntas, algunas de las cuales trataré de desgranar aquí.
En primer lugar, hay que decir que esta novela está destinada a ser otra de las obras de cabecera para cualquier escritor náufrago que todavía no ha llegado a su destino, compo podrían ser también Hambre de Hamsun, El lobo estepario de Hesse (que noto especialmente presente) o La conjura de los necios de Toole. El narrador reflexiona de manera permanente acerca de su yo paralelo que hubiese surgido de la aceptación de su obra en el Cenáculo de la Luna. En lugar de eso, tiene que conformarse con ser profesor de lengua y literatura en un colegio de las afueras de Bucarest, que quizás es a su vez la proyección del yo que se hubiese desprendido del propio autor con otra suerte de crítica, que empezó su éxito precisamente en el citado (y real) círculo literario universitario.
La excusa para la narración es, como ya hemos adelantado, la atormentada y solitaria vida de un profesor de Rumano de escuela arrabalera. Solenoide podría considerarse una novela costumbrista, pero no plenamente rumana o siquiera bucaresina, sino del barrio concreto de Colentina, de modo que su brumoso y olvidado colegio y los alrededores funcionan como una suerte de Marcondo perfectamente creíble, que se percibe como aislado, solo visitado por los propios profesores a través de una línea de tranvía que la conecta con el resto del mundo. Digo bien porque creo que Cartarescu está sobre todo influenciado aquí por el realismo mágico (y no tanto por el sentido del humor absurdo de Kafka o la fantasía de Swift, aunque sean autores citados en la obra y utilizados por la crítica literaria para caracterizarla). En lo contextual, la obra se desarrolla en el tardocomunismo de la órbita soviética, retratado con una crítica ácida y esta vez sí, kafkiana (aunque más cerca, seguro, de la realidad de lo que nos gustaría suponer), en contraposición a la moral tradicional subversiva (no solo cristiana) del propio narrador, razón por la que quizás, bien pensado, esta novela no sea del agrado de determinados foros político-culturales.
El componente onírico es otro de los grandes pilares de Solenoide, resultando muy eficaz e interesante como herramienta narrativa para hablar de casi todo (y desde diferentes puntos de vista) de una manera metafórica y oscura, dimensión que seguro hará correr ríos de tinta durante años, colocada de manera deliberada y sin ocultar sus intenciones, pues el propio autor afirmó en una entrevista que "los únicos libros que valen la pena son los ilegibles". Por otra parte está la Entomología, la obsesión por los insectos durante todo el relato, retratados como entidades poéticas y relevantes, y que llegan a regalar uno de los capítulos más originales y fascinantes que he leído en mi vida. El ingrediente que termina de redondear y convertir la obra en un artefacto místico pero creíble son las matemáticas, para muchos la única ciencia pura, y al mismo tiempo el lenguaje universal o de Dios (como afirmaba Galileo), que a través de la geometría abren la puerta del pensamiento humano a una dimensión trascendental, intuida pero no abarcable.
Es una suerte que Cartarescu sea rumano, porque la ventaja de la traducción entre lenguas romances permite paladear mejor su prosa, exuberante en vocabulario, con una elegancia y capacidad en la alegoría que solo puede tener alguien curtido largos años en la poesía. Pero incluso lo más contextual y técnico parece manar en mucha mayor medida de la erudición propia que de la documentación, porque lo concreto es una herramienta para contar lo abstracto y no una mera floritura para dar empaque o bicarbonato a la novela.
Solenoide se paladea, por fin, como un libro salido de las entrañas, honesto dentro de la ficción, suicida, gestado y no construido. Es uno de los pocos factores comunes de las obras maestras. Aporto mi pequeño grano de arena para su justo reconocimiento.

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