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"Silencio administrativo", de Sara Mesa


Durante la presentación de este pequeño gran cuaderno en Madrid, un viernes por la tarde en las encantadoras catacumbas de la Central de Callao, la autora pedía a los asistentes ayuda personal para ‎la difusión de la obra, no tanto para su propio beneficio económico como para intentar dar visibilidad a un problema tan grave y poco transitado como es el de la pobreza extrema en España. Aunque un poco tarde, aquí estamos para intentar acudir a su llamamiento.
"Silencio administrativo" no es exactamente un ensayo, sino una historia real plasmada en forma de pequeña narrativa con el estilo sencillo y virtuoso de Sara Mesa: Carmen, indigente sevillana sin techo, y su absurdo viaje del héroe junto con Beatriz (una mujer que decide ayudarla) para conseguir una renta mínima de inserción a la que evidentemente debería optar de manera preferente. Y es que es cierto que el destino de los más pobres importa a los medios más bien poco, como prueba la muerte de un indigente de frío en enero de 2017 en los bajos de un edificio de la Plaza de Colón en Madrid, que sólo ABC mencionó.
Creo que el análisis que hace Sara Mesa sobre la pobreza y los implicados en ella es discutible, sobre todo porque oculta o incluso niega realidades sociales aledañas para apoyar su tesis, quizás por haberse visto tan implicada y sensibilizada como coprotagonista oculta en la historia que narra, pero en lo esencial da completamente en el blanco: las ayudas económicas en este país terminan en los bolsillos de quien mejor se lo monta en lugar de en los de quien realmente lo necesita... Y esto es extensible a otros ámbitos, como la investigación o el emprendimiento, probablemente porque la administración que las concibió estaba pensando más en los primeros que en los segundos. En el caso de las rentas de inserción, un vistazo rápido a la hemeroteca de la historia reciente evidencia que fueron claramente pensadas (y con ellas, su tramitación burocrática) como red de contención electoral para familias cuya situación económica había empeorado con la crisis, nunca para los que ya estaban antes en la extrema pobreza o los que llegaban a ella. Es decir, para beneficio no de las clases más bajas, sino para las medias venidas a menos. ‎Todo esto sesga claramente el perfil del beneficiario final y crea la imagen que mayoritariamente tenemos de él.
Siendo honestos (y en esto coincido plenamente con la autora), no debería ser necesario que una persona sin hogar tramitase su propia ayuda o que sea responsable de acreditar su condición, ya que en cualquier ciudad la Policía Local y no pocas oenegés son capaces de identificar y dar testimonio fiable de quien se encuentre en esta situación. Por otro lado, aun siendo capaz de conseguirla, tal y como le ocurre a la propia Carmen, una ayuda de este tipo, por su cuantía, sólo sirve para ir tirando a una persona que tenga dónde vivir, no para sacar de las calles a quien duerma en ellas. Evidentemente haría falta algo más, pero las medidas que desde las administraciones se toman al respecto están siempre orientadas a la optimización de los recursos respecto del impacto mediático para ofrecerlo de cara a las próximas elecciones, de modo que se vende mucho mejor realojar un poblado chabolista entero en viviendas de alquiler social que ayudar individualmente a los que no tienen donde dormir... Aun cuando los segundos estén en una situación peor que los primeros, o que el poblado chabolista use la marginalidad como camuflaje para un centro comercial del narcotráfico.
Por otra parte, no creo que la llamada aporofobia (termino propuesto por Adela Cortina para definir el rechazo a los pobres, empleado frecuentemente por Sara Mesa en la obra) tenga su origen en según qué tendencias mediáticas o en prejuicios ancestrales, sino principalmente en lo mal que demasiadas veces se reparten las ayudas. Quien haya asomado mínimamente al mundo del trabajo social conocerá abundantes casos beneficiados drogodependientes que alternan diez días de consumo y ausencia con otros veinte de pernoctar y comer en albergues especializados, de familias de una determinada etnia que fingen no existir como tal para optimizar la cuantía de las ayudas que reciben, de mensajes en las redes sociales que califican de "mierda" un cheque de 150 euros a gastar en alimentos (a mayores de las ayudas mensuales percibidas)... Y así un largo etcétera de situaciones que jamás salen en los medios por miedo a ser tachados de incorrección política.
Capítulo aparte merecen los inmigrantes económicos. Y es que la pobreza es un término muy complejo y a la vez muy delicado de definir. Las facciones políticas más populistas necesitan que la mesura y la definición de la pobreza evolucione constantemente para que el número de pobres nunca disminuya, incuso en los países más avanzados en el llamado bienestar social. En pocos años veremos definidos términos como pobreza cibernética para poder meter en el saco a todos aquellos que no tengan en su casa un robot que limpia y friega el suelo u otro para planchar la ropa. La definición de pobreza también depende de a quién se le pregunte: es posible que haya personas de un determinado estatus económico que definirían cmo pobre a alguien que tenga que vivir en un piso de menos de cien metros cuadrados o que no pueda irse de vacaciones quince días al año a un país exótico. ¿Cree el lector que el ciudadano medio estaría de acuerdo o, por el contrario, se sentiría humillado con esta manera de medir el nivel social? ¿No es posible que esto mismo pueda ocurrirle a muchos de los que, en base a los cánones que definen los gurús de la Sociología llamamos habitualmente pobres? Las grandes discrepancias en el significado de la pobreza las encontraremos, sin duda, entre la población extranjera: en nuestro mundo acomodado de piruleta consideramos miseria niveles de vida que, comparado con el que se pueda tener en el país de origen, puedan resultarles a ellos aceptables, de básicos y asumidos que damos derechos tan caros para el Estado (y, por consiguiente, tan poco abundantes) como el acceso gratuito a la sanidad y a la educación; o la prestación por desempleo. De este modo, existen no pocas personas en este país (no necesariamente foráneas) a las que lo que nosotros llamamos miseria cobrando una renta mínima les resulte más adecuado que trabajar y haga poco recomendable el establecimiento de una renta mínima incondicional como solución a este tipo de problemas.
Por último hay que decir que en el tema de la extrema pobreza existen también tendencias que no podemos ignorar en un análisis del fenómeno y a las que deberíamos buscar un porqué, aunque resulte sumamente incómodo: sabemos que más del 80% de las personas que viven en la calle son hombres y sigue habiendo una gran correlación entre el sinhogarismo y el alcoholismo, la drogodependencia o los trastornos mentales. Sirva como ejemplo el paradigmático caso de la ex-jueza María del Coro Cillán, que llegó a terminar durmiendo en el intercambiador de Plaza de Castilla después de graves problemas económicos, negándose en su caída a recibir ayuda de sus compañeros.
Quiso la casualidad que, concibiendo estas líneas, tuviese que refugiarme de una violenta granizada (de las que llegan a doler) en una parada de autobús, en la que coincidí con un joven indigente que había hecho lo propio... Macabra metáfora de lo frágil que es nuestro bienestar, de lo igualados que estamos ante determinadas circunstancias, que un golpe de mar nos pueda hacer naufragar y hacernos llegar una orilla inimaginable.

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