Ir al contenido principal

"Serotonina", de Michel Houellebecq


Sigo convencido de que este autor muy difícilmente hubiese publicado si hubiera nacido en nuestro país. Pero Francia, con todo su aborrecible chovinismo y proteccionismo cultural, demuestra ser al menos mucho más libre y atrevida en la creación, llegando a ser realmente transgresora y políticamente incorrecta... Justificando mucho más que en España su derecho al apoyo estatal. Películas como Salir del armario o Señor, ¿qué te hemos hecho? serían inconcebibles de producir en la piel de toro, donde los lobbies culturales drogados con dinero público no toleran la sátira que no vaya en unas directrices determinadas. Y en la literatura tienen a Houellebecq, que además de levantar muchas ampollas a su paso, resulta que incluso es un autor de éxito en su país con un tipo de literatura fuera de lo que podemos imaginar como comercial. Con Serotonina, Houellebecq crea algo difrerenciador respecto a toda su obra anterior. Yo diría incluso que, de alguna manera, escribir Sumisión ha tenido que marcarle de manera especial (luego explicaré por qué) y podría haber sido el detonante. Pero vamos por partes. No es una sopresa para nadie que haya leído al francés que da poca importancia a las filigranas narrativas y que es un autor de una sola historia. Me atrevería a decir también que de un solo personaje, o a lo sumo dos, casi siempre los propios narradores, ejemplificados perfectamente en los dos hermanos protagonistas de Las partículas elementales: Michel, el lobo estepario y Bruno, el sátiro nihilista. Ambos, por supuesto, de corte profundamente intelectual. Esta no iba a ser una excepción y tenemos al estereotipo estepario metido en una espiral descendente llena de crítica sulfúrica y visceral a la decadencia de la sociedad occidental, de esa que tanto indigesta a los que se dicen intelectuales sin serlo. Ahora, el inesperado actor secundario que devora esta imaginable eje de la depresión para dar forma a la historia es un tema inédito en Houellebecq: el amor. No es que sus personajes nunca se hayan enamorado, ni que en este caso se remate una historia romántica feliz, pero todos los problemas que precipitan a Florent-Claude y luego se despeñan sobre él en su caida son amores: olvidados, latentes, sangrantes... Y de todo tipo, mucho más allá del puramente de pareja. Se enfoca sobre todo en la carencia y en las patologizantes consecuencias de vivir en ausencia de él, manifiesto también, como es habitual en el francés, en un sobrío síntoma puramente fisiológico. Tanto es así que el autor, actuando en consecuencia, baja unos escalones desde su pedestal de sordidez hiriente con la que golpea constantemente en sus novelas, condensándola en momentos concretos. A cambio, saca pecho en versatilidas, llegando a tener una sensibilidad sorprendente, regalándonos aquí muchas de las mejores frases de toda su creación. Serotonina lleva una dosis inesperada de sensibilidad, pero también una incipiente espiritualidad, de alguna manera emparentadas entre sí. Sin duda, imaginar una distropía inminente a la que da plena credibilidad en Sumisión ha debido de dejarle algún tipo de huella; probablemente el intentar imaginar cómo Europa, cómo Francia podría reaccionar sociológicamente para neutralizar la tendencia a perder su propio arraigo. Y pareció encontrarla en el resurgir del catolicismo en Francia, plasmado en la presente novela desde el acercamiento agnóstico anhelante, mucho más intensamente que en el pasado, que apenas servía de contraste satírico frente al protestantismo, despreciando ahora de este modo el deísmo esotérico al alza entre los que reniegan de la cultura occidental por motivos políticos y, al mismo tiempo, no tienen la personalidad suficiente para ser ateos. Toda esta mezcla da como resultado un clímax que resulta mucho más impactante y contracultural en los tiempos que corren que la producción anual junta de todos los que se dicen radicales y antisistema... Y no digo más.  Quiso la casualidad, o quizás la Providencia, que estuviera terminando estas líneas precisamente la tarde del día de san Valentín. Nunca me ha atraído mucho como celebración, pero a partir de ahora me plantearé su defensa pública como simbólica resistencia ante la vomitiva cruzada actual por criminalizar el amor.

Comentarios

  1. Darío Álvarez Ranieri20 de febrero de 2019, 2:20

    Jamás entenderé ese empeño por menospreciar todo lo que es de marca rojigualda... Cómo me dueles, España. Lo bien que te vendría un poco de cariño, de amor propio.

    Houellebecq me resulta ya cansino (es inevitable; leí tres obras suyas, una detrás de otra, y su pesimismo recalcitrante se me atragantó), aun así y todo pienso que le daré una oportunidad a Serotonina.



    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

El Imperio (invisible) contraataca

Después de muchos años de pontificado y contaminación cultural, el imperio llegó a perder la noción de la realidad, atreviéndose a promover en los últimos tiempos tendencias sociales incompatibles con cualquier legalidad democrática o incluso con el sentido común. Ignorando la volatilidad y la fácil manipulación de las redes sociales, las consideró perfectamente representativas del sentir "del pueblo", sintiéndose confiado para seguir campando a sus anchas, cayendo en la trampa de ser víctima de su propio panfletismo. En España ni siquiera le arredaron sus desternillantes fracasos al castrar la línea editorial de El Mundo y antes del ABC, el periódico con más personalidad del país. Llegó incluso a conquistar EEUU, icono de la corrección política, sí, pero hasta entonces plaza impermeable a estos menesteres por su histórica tradición de sacralizar los derechos individuales, canonizando a su embajador allá con un Premio Nobel de la paz que nadie entiende. Hay quien cree que t…

"El Menstruador", de Lázara Blázquez Noeno

Hace pocos días, Sara Mesa comentaba en la presentación de su novela Cara de pan  que la historia nace en parte por una experiencia extraña vivida por un amigo suyo, al que se le acercaron dos policías por el hecho casual de que había niños jugando en la zona del parque en la que estaba tranquilamente sentado. Al leerlo, me vino a la cabeza la anécdota de un amigo suizo: Me contaba que en su país los profesores de gimnasia habían optado por dejar irse al suelo a las alumnas que se caían de una espaldera o trepando la cuerda en lugar de recogerlas o intentar sostenerlas, temerosos de que fácilmente pudiesen ser acusados de agresión sexual por hacerlo En realidad, El Menstruador trata de esto mismo: un tipo de sexismo que nunca se saca a debate ni tiene grupos de influencia o propuestas políticas que traten de combatirlo, una criminalización preventiva del varón en según qué circunstancias de la que ya no se libran ni los niños. Más concretamente, se centra en la indefensión ante la ju…

Cartas de amor

Me sumo con esta entrada a otra que ha colgado muy recientemente la compañera de batallas Lázara Blázquez Noeno en su blog, que por otra parte no puedo dejar de recomendar. Suscribo lo que dice de principio a fin en defensa de la carta de amor, y considero que esta arenga es más necesaria que nunca en los turbios tiempos en que vivimos. No he podido resistirme a abordar este tema, porque llevo muchos años cultivándolo, unas veces en público y otras en privado. Demasiados. Pero siempre por necesidad, mucho antes de haber aprendido a descifrar la vocación vital que siempre ha estado ahí. Y sigo haciéndolo, porque en literatura las cartas de amor son para mí el alfa y el omega, la madre que me parió en esto de las letras, como ya he explicado en un post anterior, y no he podido dejar de incluirlas en mi ópera prima (que a fecha de hoy todavía está en la bodega). Las cartas de amor son, incluso las puramente literarias, un acto sincero y visceral. Quizás por eso estén tan denostadas hoy,…