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"Cara de pan", de Sara Mesa


Paradójicamente, en España está perfectamente definido el ámbito y el sentido en el que se puede transgredir dentro de la cultura. En realidad, se trata más bien de una brocha de pintura marketiniana bastante burda para vender, siempre al mismo público como supuestas salidas de tono, elementos que hace cuarenta años que no escandalizan a nadie. La polémica real, por tanto, es muy escasa y casi siempre viene de autores extranjeros que, por su éxito comercial, no puede evitarse que se difundan en nuestro país. Por esa razón, es necesario reseñar a los que consiguen salirse del renglón y además llegar al gran público. 
Sara Mesa es una de esas autoras. Y lo es por muchas razones. Leí "Cara de pan" casi de una tacada y la definición más concisa que puedo hacer es que se trata de un gancho a la mandíbula con puño de algodón. La obra en sí misma es sencilla y corta, pero como otras muchas ‎buenas historias, no necesita densidad, longitud o barroquismos para contar algo interesante. El hilo principal es la relación que entablan Casi y Viejo, una adolescente temprana y un hombre maduro que coinciden cada mañana en el rincón más reservado y tranquilo de un parque, para escapar temporalmente (cada uno de ellos por sus propios motivos) del contexto social en el que viven, que les resulta extraño y ajeno.
A la vista del planteamiento inicial, sería fácil pensar que pueda tratarse de un tópico engendro dramático, sin grandes pretensiones, apalancado en varios victimismos propagandísticos de moda, que disfraza de utilidad y denuncia cívicas la simple y asquerosa intención de hacer dinero explotando la sensibilidad social del momento. Muy al contrario, es una novela tierna y dulce, bien elaborada, sin cursilerías ni chantajes morales o sesentimentales baratos. La historia transcurre siempre desde el punto de vista de Casi, a pesar de estar narrada en tercera persona, lo que hace especialmente delicada la manera en la que se construye el personaje, y éste percibe el mundo y gestiona la realidad, algo que la autora consigue de manera magistralmente realista y natural, con el mérito añadido de tratarse de un personaje que con seguridad tiene muy poco o nada de ella misma a esa edad.
Otro de los mayores encantos que he encontrado en la obra es su afortunado exotismo, y es triste que tengamos que calificarlo así, por huir de cualquier estereotipo complaciente relacionado con la adolescencia sin perder un ápice de credibilidad, así como de colocar el escapulario de la misantropía de cigarrillo y cubata a los protagonistas. Sin duda es una novela muy valiente en los tiempos que corren por la manera de enfocar los temas que trata, que sin duda será incómoda a ojos de muchos en este país. Con respecto a esto hay que añadir, además, que Sara Mesa vuelve a hacer un corte de manga al tendido, con una narracción lineal y en tiempo presente, tan poco del gusto de tantos que hoy en día juegan a ser críticos y consejeros literarios en Internet tras terminar un curso de escritura creativa, por no decir que se tirarán de los pelos al comprobar que la autora prescinde completamente del supuesto mandamiento sagrado del show, don't tell (enseñar, no contar), que en general no es más que un efectismo de las artes visuales mal trasladado a la literatura, al servicio de tratar de dar cuerpo a una novela desde un autor que tiene bastante poco que contar.
Gracias, de nuevo, a alguien que consigue transgredir de verdad, con el talento suficiente para hacerlo desde el Tai Chi en lugar del Kung Fu.

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