Ir al contenido principal

Enseñar a escribir


A la pregunta "¿se puede enseñar a escribir ficción?", yo respondería que no y que, además, es mejor que no se intente para evitar males mayores. Con todo, entiendo y respeto que haya gente que se dedique a ello, porque en el mundo literario es una quimera poder ganarse la vida exclusivamente con derechos de autor, artículos y conferencias.
La proliferación de las escuelas de escritores es algo relativamente reciente, al contrario que lo que ha ocurrido históricamente con cualquier otro tipo de arte, lo que no quita que necesite también de aprender una técnica. La razón es que, a diferencia de las demás, la literatura se estudia en el colegio y en la enseñanza secundaria: todo el mundo tiene fundamentos de análisis de textos, es capaz de intuír o interpretar a nivel básico alegorías poéticas y tiene una perspectiva histórica elemental de las diferentes corrientes estilísticas que se han sucedido. Esto no ocurre, por ejemplo, con la pintura o el cine. Por otra parte, casi nadie sabe esculpir, dibujar, pintar o componer música, pero a todo el mundo le han enseñado, con mayor o menor eficacia, al menos a redactar con una mínima corrección.
Teniendo en cuenta todo esto, lo mínimo que se le puede presuponer a alguien que quiera ser escritor es que lea. Y que lea literatura variada y de calidad, no sólo novelas ligeras de moda, por lo que el resto de formación que pudiera necesitar en cuanto a fuidez, recursos narrativos y estilo la debió de adquirir de este modo. Todo el mundo estará de acuerdo conmigo en que a escribir sólo se aprende escribiendo, corrigiendo y leyendo mucho.
Para mí, los tres grandes pilares de la escritura son "qué escribes", "para qué lo escribes" y "cómo lo escribes". El primero y el segundo se corresponden con la famosa cita de Oscar Wilde, que decía: "Para escribir sólo hace falta tener una cosa que contar y contarla". Entiendo, además, que este es el principal impulso que hace nacer la vocación de escribir: tener algo que contar y buscar la manera de hacerlo... ¿O acaso tiene sentido querer escribir sin tener claro, al menos, qué expresar en una primera obra? A lo mejor me equivoco y resulta que las escuelas de escritores nacen por demada de quien se ve simplemente seducido de lejos por el glamur de una profesión cultural y supuestamente bohemia, del mismo modo que las adolescentes que sueñan con ser estrellas del pop antes de intentar aprender a cantar o a bailar, todo ello a la luz de las grandes oportunidades que podría ofrecer la autoedición digital (de la que hablaremos en otro momento largo y tendido). También es posible que estas escuelas, en realidad, surjan en realidad como foros para compartir experiencias y buscar apoyos por parte de nuevos autores.
Sea como fuere, me parece algo respetable tanto por parte de docentes como de alumnos. Lo que no es tan justificable es que haya "profesores de escritura" que se arroguen de manera muy vehemente a pontificar sobre ese tercer pilar, sobre cómo tiene que escribirse y cómo no ¡como si el estilo fuese algo canónico y estandarizado! En realidad, enseñan a escribir un tipo de novela o poesía en particular y nada más, desde un púlpito en el que a menudo sólo pueden presumir de haber escrito una obra, y no precisamente de referencia. Se les oye decir disparates como que la rima en la poesía es una tontería, o criticar una novela de perfil medio o bajo (con las muy reconocidas no se atreven) por cómo se usan los tiempos verbales, objeciones sobre el "enseñar y no contar" o la mayor o menor definción de un personaje... Frecuentemente sin entender completamente la obra objeto de análisis. Y los peores de ellos son los que, además, se jactan públicamente de su indigencia cultural al afirmar que jamás leerán tal o cual clásico u obra académica. Pobrecitos. Menos mal que ni Joyce, ni Faulkner, ni Kafka, ni García Márquez, ni Houellebecq (por citar unos pocos ejemplos), pasaron por una de estas alienantes escuelas. Más bien estos profesores deberían enseñar a hacer que el estilo propio de sus alumnos tenga sentido, a que se expresen sin autocensuras, a atreverse a criticar, a encajar las críticas ajenas y, sobre todo, a que tengan perseverancia en la corrección. Lo resume muy bien Hemingway diciendo que hay que escribir borracho y corregir sobrio. 
Los grandes no suelen dar cursos de escritura. Como mucho, se atreven a dar consejos. Por algo será.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Literatura después del coronavirus

Hay mucha gente tratando de imaginar cómo será el mundo después del coronavirus, y de paso, fantaseando también con cambios irreversibles de toda índole que puedan traer oportunidades , de esas que tanto gusta hablar a los redactores de manuales para vagos y pusilánimes. Cinco meses después del comienzo de la crisis, el populacho empieza ya a dividirse entre los que piensan que esto no se va a acabar nunca del todo y los que no terminan de creerse que sea algo real, al amparo algunos divulgadores oportunistas de discurso insolvente y, sobre todo, de la irresponsabilidad en la comunicación gubernamental y privada, que ha ocultado las muertes detrás de la estadística y ha tratado de presentar el confinamiento como el descojonante juego de quedarse en casa unos días haciendo verbena en los balcones, tomándonos a todos por el niño de La vida es bella .  Uno de los temas sobre los que se discute, por supuesto, es la literatura. Los profetas del aspaviento y la charla TED llevan años anuncia

Coronavirus, religión y postureo

Cada miércoles de ceniza empieza la Cuaresma con la lectura del que, sin duda, es el fragmento del Evangelio que más directamente ataca la práctica del postureo: Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tendréis recompensa de vuestro Padre celestial. (...) Cuando hagas limosna, no lo vayas trompeteando por la calle como hacen los hipócritas (...) tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará. No por ello el fanfarroneo de la caridad es en nuestros días ajeno a algunos representantes de la Iglesia, sobre todo cuando son  estrellas  televisivas aprovechando la oportunidad mediática del contraejemplo, e intentan cargar de superioridad y razón sus chapoteos políticos explícitos en temas que no tienen que ver con la moral, esa que, junto con la ayuda al prójimo, debiera ser su única jurisdicción en sermones e iniciativas escudadas en sus votos. Quiso la casualidad que precisamente ese día, el 26 de febrero,

"La casa de Jack", de Lars von Trier

Retomo brevemente el cine por una muy buena razón, que es el estreno en España de la última película de Lars von Trier después de unos cuantos años de silencio, tan polémica como la predecesora, pero mucho más desapercibida. Podemos decir, en comparación con Nymphomaniac, que es una película continuista, usando una estructura muy similar como excusa para contar la historia, y tan pornográfica como aquella cambiando el sexo por la violencia. Este, además, es un nuevo ejemplo especialmente grave de la indigencia intelectual que inunda los mentideros de Internet, capaz de otorgar a esta producción una puntuación mediocre al lado de los últimos bodrios de Tarantino o la tan sobrevalorada saga de Matrix. En mi opinión, "La casa de Jack" no tiene una especial intención provocativa, ni tampoco que en ese sentido pivote sobre los límites de la belleza o del arte, como insinúan muchas críticas. Más bien es un magistral retrato del mal, sin tapujos, construyendo al protagonista (