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Sobre mí


Soy Iván Cantero, escritor pretencioso de vocación tardía e ingeniero informático de formación, nacido en una pequeña ciudad melancólica del noroeste; desposeída hasta del artículo en su nombre propio. Desde una vieja iglesia de piedra aislada y con vistas al Pacífico, resisto opinando y escribiendo acerca de todo un poco, sobre todo de cultura; así que no creáis a quien os asegure que me ha visto acechar eventos literarios en Madrid. Pronto podréis leer mi primera novela... Si es que alguien tiene el valor suficiente como para publicarla. Mientras el cuerpo aguante, seguiré por aquí dando guerra.

Puedes seguirme en Twitter, en Instagram o escribirme un correo. Si escribes narrativa literaria de manera independiente, quiero conocerte.


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Calcuta

De entre todos los muchos roles que puede desempeñar un redactor (que no escritor) con anhelos de grandeza, de poder vivir un día de charlatanear en público y vender libros, el más patético es sin duda el de opositor . Llamo opositor a aquel que trata de escribir sin aportar ideas propias, sin más intención que la de intentar ganar notoriedad a base de poder colocarse el prefijo "anti" frente a algo que resulte popular. Este tipo de sujetos se dividen en dos categorías, prácticamente equivalentes en términos de reptilidad. Por una parte tenemos a los palanganeros, los más numerosos, que juntan sus letras por mandato de un tercero, siempre con intenciones propagandísticas, celoso de que una opinión o sentimiento alejado de los propios triunfe socialmente, normalmente como respuesta a una obra divulgativa de gran éxito distribuida poco antes. Lo hemos visto con frecuencia en libros, con títulos que empiezan por contra y anti . Y más ridículamente todavía, en portadas de

La Superliga o el fracaso del fútbol post subprime

Yo soy uno de esos millones de aficionados al fútbol que empezaron a perderle interés precisamente en lo peor de la llamada crisis de las subprime . Por aquel entonces, la época de Mourinho contra Guardiola en lo alto de la clasificación, solo Real Madrid y Barcelona tuvieron pulmón para aguantar el hundimiento económico que ahogó al resto de los clubes (también en el resto de Europa), dejándolos a una distancia abismal y transformando La Liga, una competición hasta entonces disputada y divertida, en un duopolio grotesco y sin gran interés, en la que los grandes solo perdían o empataban cuando jugaban entre ellos y sacaban más de treinta puntos de ventaja al tercer clasificado. Algo homologable a ligas como la escocesa, la portuguesa o la holandesa, con todos mis respetos hacia ellas, pero impropio de la nuestra. Pero casi nadie, ni siquiera en la prensa especializada, se atrevía entonces o se atreve hoy a decir que el rey está desnudo, y que lo único interesante que queda en el mundo

Necesitamos otro Torrente

Hace poco recordaba con preocupación la anécdota de Santiago Segura en Masterchef, que decidía renombrar el plato que tenía que preparar (un brazo de gitano)  para evitar ofender a nadie , a pesar de que el colectivo caló no destaca por su ofendidismo. Y lo cierto es que llevamos seis años huérfanos de José Luis Torrente. Digan lo que digan, me sigue pareciendo un personaje interesantísimo, a pesar de nunca haber sido reivindicado en público más que como un espantajo con el que ganar dinero y hacer reír. Como entidad cultural, sin duda marcada por la encomienda histórica de haber sido el bastión del catolicismo y la contrarreforma, España tiene infinidad de defectos y tres grandes virtudes que las compensan ampliamente: la solidaridad, la humildad y la honestidad. Esta última nos la conceden como propia hasta en latitudes afines y hermanadas como América Latina, de tan profuso que es nuestro idioma en expresiones para deplorar lo artificioso, lo irreal y lo poco auténtico. Por esa razó