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Calcuta


De entre todos los muchos roles que puede desempeñar un redactor (que no escritor) con anhelos de grandeza, de poder vivir un día de charlatanear en público y vender libros, el más patético es sin duda el de opositor. Llamo opositor a aquel que trata de escribir sin aportar ideas propias, sin más intención que la de intentar ganar notoriedad a base de poder colocarse el prefijo "anti" frente a algo que resulte popular. Este tipo de sujetos se dividen en dos categorías, prácticamente equivalentes en términos de reptilidad.
Por una parte tenemos a los palanganeros, los más numerosos, que juntan sus letras por mandato de un tercero, siempre con intenciones propagandísticas, celoso de que una opinión o sentimiento alejado de los propios triunfe socialmente, normalmente como respuesta a una obra divulgativa de gran éxito distribuida poco antes. Lo hemos visto con frecuencia en libros, con títulos que empiezan por contra y anti. Y más ridículamente todavía, en portadas de periódicos. No obstante, la función de este tipo de eyecciones oportunistas en la práctica sirve sobre todo para ofrecer un catecismo a correligionarios ideológicos, acorralados por opiniones incómodas que triunfan a su alrededor.
Los más interesantes para mí son los otros, los que consagran su vida a partir de un instante a defender una oposición polémica (pudiendo llegar a ser repugnante), que en muchos casos ni siquiera comparten honestamente, con el objetivo de crear un personaje del que poder vivir. Puede parecer una locura, pero por ridícula que sea la posición expuesta siempre hay un puñado de imbéciles dispuestos a creérsela. Quien piense que exagero, considere todos los que visitaban a diario la consulta/santuario del  trinitario Micael-Carlos Jesús-Crístofer...
En este segundo conjunto tenemos al inefable Aroup Chatterjee, que junto con Christopher Hitchens (aunque a diferencia de éste, con dedicación exclusiva) es uno de los grandes críticos de la madre Teresa de Calcuta. Chatterjee es uno de esos muchos comunistas de origen altoburgués que, sin embargo, empezó a odiar a la religiosa por un motivo que más bien encajaría con lo que en sus latitudes ideológicas llamarían un nacionalista reaccionario y derechista: Calcuta, su ciudad natal, que otrora fuera una próspera ciudad colonial e incluso capital de la India, se había convertido en el escaparate de la miseria del país y no podía permitirlo. No resultaba aceptable mostrar al mundo las consecuencias de un sistema de castas ni una realidad molesta de la que nadie hasta ese momento, para vergüenza propia, se había hecho cargo. Tanto es así, que a los pocos años de empezar su cruzada tuvo que "huir" a Reino Unido para evitar el escarnio público. Años más tarde, cuando regresó a su natura, se subió como otros tantos en el tren más cómodo de la pura crítica ideológica y antiteísta contra la monja albanesa, de modo que pretende seguir viviendo de rentas aún hoy, ventiún años después.
A Teresa de Calcuta se la ha criticado principalmente, desde la vehemencia y la poltrona occidentales, por atender inicialmente a los enfermos (de los que, por otra parte, nadie se hacía cargo) con unos medios muy escasos y personal de cualificación limitada... Algo, por otra parte, que si bien se aleja de nuestros estándares, resulta estúpido o incluso hipócrita si se tiene en cuenta que era bastante común en los servicios públicos indios por aquel entonces. Cuando sus procesos mejoraron, el nivel de las objeciones llegó hasta el ridículo y sólo pudo entrar en lo puramente político, más por lo molesta que resultaba su influencia pública que su labor humanitaria. En este punto se le ha echado en cara que realizase tareas de evangelización, y se opusiese al divorcio o al aborto siendo una religiosa católica... Es decir, se ha criticado su insumisión a las corrientes ideológicas predominantes en occidente, como si tuvieta que obviar su condición. Y para intentar afear su conducta, se intentó también demostar que realmente no era creyente o, al menos, tuvo durante medio siglo una inmensa crisis de fe, quizás para evitar in extremis que su ejemplos se perpetuasen llevándola a los altares, cuando lo increible es que la relación con lo divino sea constante durante toda la vida, con hábitos o sin ellos.
Recuerdo perfectamente cómo hace dos años, casi todos los medios de según qué ideologías en nuestro país echaban al unísono espuma por la boca ante el anuncio de la santificación de Teresa de Calcuta. Lo que subyace y molesta realmente es el rechazo de que un gran ejemplo, aceptado y admirado por la inmensa mayoría, también a nivel civil, pueda contribuir al sostenimiento público del cristianismo.

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