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Cuando fuimos grandes


Hace no demasiados años, el fútbol estaba mucho menos monetizado que ahora. De la liga se televisaban uno o dos partidos por jornada, había tres competiciones europeas y la UEFA tenía tanto o más nivel que la Liga de Campeones. Por aquel entonces, aunque las diferencias presupuestarias eran notables, la limitación de jugadores extanjeros previa a la ley Bossman (que casi nadie recuerda ya) y el limitado potencial económico del deporte hacían que nadie pudiera permitirse el acumular tantos jugadores estrella como los cuatro o cinco equipos de Europa lo hacen en la actualidad, de modo que había en las grandes ligas más equipos con posibilidades de disputarse títulos, o al menos de no ponérselo fácil a los grandes. Así, clubes que hoy creen haber formado siempre parte de la aristocracia del balompié, se arrastraron durante décadas por las eliminatorias, raramente pasando de cuartos de final y temblando cuando les tocaba como rival un italiano, un alemán o un inglés.
A veces era posible, con un poco de suerte y un buen secretario técnico, sondear un mercado que nadie era capaz de saquear y conseguir montar casi de la nada un equipo competitivo a base de jugadores descartados o desconocidos. Uno de estos prodigios tuvo lugar hace algo más de 25 años en una ciudad mediana de 200.000 habitantes, donde nunca habían hecho otra cosa que alternar entre primera y segunda división. Dos brasileños, uno de ellos completamente desconocido, y un defensa serbio, junto con dos canteranos, fueron los bastiones del primer Superdépor, que sorprendió durante más de una década primero a España y luego a Europa. Resultaba un equipo simpático para casi todos y, a los pocos años ya estaba considerado no un equipo revelación, sino un grande más. Nunca un equipo diferente al Real Madrid y el Barcelona había conseguido una racha tan larga en la élite sin grandes sobresaltos, así que la gente empezó a creer que duraría siempre. Y había razones para ello: las primeras temporadas se fichó muy bien y se contaba con el dinero abundante de las competiciones continentales, de modo que el equipo sobrevivió a perder a Bebeto, a Rivaldo, a Djuckic y a tantos otros. El curso en el que entré en la universidad, el Deportivo logró dar con la fórmula óptima en una temporada extraña y ganó por fin el campeonato de liga. Fue en todos los sentidos un salto a otro nivel, porque el equipo ya tenía galones reales y competía ya no como un grande de España, sino como temible en Europa. Y para consolidar su categoría y demostrar su poder, se embarcaba ya en fichajes como los grandes, en la época en la que los derechos de televisión empezaban a dar recursos suculentos y los clubes se convirtieron en verdaderas empresas, llegando increíblemente a tener en una temporada  una plantilla superior a la del FC Barcelona. Pocos años después, el Dépor tocaba techo y, tras una Chapions legendaria en la que ganaron en Munich y eliminaron a la Juventus y al AC Milan (con remontada épica incluida), sólo pudo pararlos en las semifinales el durísimo Oporto de Mourinho en una carrera casi asegurada a ganar el título. La caída, por desgracia, no fue tan suave como la subida. Tras una mala temporada en la que el equipo no consiguió clasificarse para Europa, podemos utilizar la historia del Deportivo para explicarle a un niño la última gran crisis económica: Los grandes fichajes de las últimas temporadas (con sus respectivos desembolsos) no eran más que espejismos de solvencia que el equipo pagaba a plazos con los grandes ingresos que recibía de derechos televisivos al jugar la Liga de Campeones, de modo que la temporada que dejó de recibirlos, dejó de poder apuntalar la plantilla con pilares dorados y de pagar grandes minutas. Al fin y al cabo, al equipo todavía le faltaba historia para poder vender tantas camisetas por todo el mundo como hacían otros, además, en ciudades más grandes y con más patrocinadores. Así que el equipo cayó en picado, con grandes deudas que con sus ingresos ya no podría pagar fácilmente y sin recursos para montar un equipo con posibilidades de volver a Europa, con el fútbol ya mucho más correlado con el dinero. No mucho más tarde, cada vez más hundido, el equipo descendía a segunda división. Y lo volvería a hacer unas cuantas veces (la última este año), siendo de nuevo el equipo ascensor que había sido siempre, arruinado y con pocas posibilidades de un futuro esperanzador a corto plazo, mientras va pagando muy tímidamente sus moras.‎
Casualmente o no, la última temporada en la que el Deportivo de la Coruña consigue hacer una temporada digna es también la última en activo de Mauro Silva, ese brasileño desconocido que llegó cuando empezó todo, sin duda el mejor del mundo en su puesto en la época, injustamente ninguneado por casi todos los seleccionadores de su país. Al fin y al cabo, las dinastías suelen empezar y terminar con un rey con el mismo nombre.

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