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Violación de la cultura


Hubo un tiempo en nuestro país en el que cualquier obra de ficción tenía que pasar por un filtro que debía asegurar su aptitud moral y ética antes de ser accesible al público. Para ello, se asignaba un sacerdote católico a cada publicación, cada productora audiovisual... O proyecto de contenido del tipo que fuese. Este sacerdote tenía el nada eufemístico nombre oficial de censor. En paralelo, se dictaban normas acerca de lo que debía ser un atuendo digno, especialmente para las mujeres, haciendo un especial hincapié en los espectáculos en directo, que se iba relajando con el tiempo. Recuerdo perfectamente un diálogo satírico en una comedia española en el que unas coristas celebraban que podían dejar de llamarle a la barriga "el portal de Belén", porque ya no estaban obligadas a tapar el ombligo con una estrella. Hoy en día, la teoría dice que se ha suprimido la censura, algo fundamental, entre otras cosas, porque la ficción en general y la cultura en particular no están para educar. Vamos a dar la definición sencilla del arte como vehículo de expresión, que necesita libertad precisamente para crear, destruir y enfrentar emociones para contar algo. O simplemente un recurso de entretenimiento.
¿A qué vienen todas estas obviedades? A que lo evidente ha dejado de serlo y hay que volver a explicarlo. La ficción es cara de producir, así que las factorías se centran principalmente no en intentar hacer pensar, sino en buscar la manera en la que el público se identifique con los personajes y personajas o con las situaciones retratadas, de modo que cada uno pueda recrearse en su alegría, en su rencor, en su odio, en sus celos, en sus obsesiones, en sus vicios, en su depresión, en su displicencia, en su irresponsabilidad... O en lo que más le apetezca. Esto lo vemos principalmente en la literatura, la música o el cine dirigido a la población teóricamente más vulnerable: la adolescencia y primera juventud. Y casi nadie lo critica, dicho sea de paso. Tampoco se critican los modelos propuestos en la televisión, emitida en horario infantil, que retratan como modelo de triunfo social el que una joven dedique su vida a cultivar su cuerpo en un gimnasio para prostituirse con un futbolista o famosillo de medio pelo y ganar dinero yendo a contarlo a la telebasura o participando en algún concurso de telerrealidad, valga la redundancia. Por último, tenemos ese fenómeno recurrente de heroificar a criminales en la pantalla, retratados como mesiánicos benefactores o redistribuidores de la riqueza, cuando no simplemente tipos listos que han sabido ganar mucho dinero fácilmente. Esto, incluso basándose en personajes reales, ya sean delincuentes comunes de los setenta o narcotraficantes contemporáneos. Todo ello, por supuesto, sin mostrar los muertos fuera del ámbito de la guerra entre hampones que se dejaron por el camino. No suele afearse, pero al menos se trata de ficción. 
Y, por fin, llegamos al porno. Parece que después de obviar todo lo anterior, la pornografía sí es vista como algo nocivo por esos grupos de presión de color morado que quieren volver a tapar a las mujeres para "devolverles su dignidad" y para que recuperen su libertad, en un discurso calcado al que tendría un cura de pueblo de la postguerra. Nada menos que vienen a considerar el género onanista como una especie de escuela de normalización de las agresiones sexuales contra la mujer, como si en la India o los países africanos en guerra, las tristes superpotencias mundiales de la violación, el porno fuese accesible para la población masculina en general. 
A la pornografía le ocurre lo mismo que al heavy metal: los profanos e ignorantes lo intentan hacer equivalente al trash, al black o al death, es decir, los estilos más extremos y guturales, para intentar desprestigiar su interés musical, cuando la inmensa mayoría de la producción musical del género corresponde a estilos mucho más melódicos y virtuosos, asequibles a cualquier oído. Del mismo modo, lo imperante en el porno no son las penetraciones múltiples, ni las orgías extremas, sino escenas sexuales más "normales", con el denominador común de los diálogos simpáticos para el público masculino, recreando para ellos fantasías que no se dan en la vida real: mujeres exageradamente sensuales proponiéndoles sexo sin rodeos y en frío. Del mismo modo que cualquier adolescente sabe o debe saber que  Narcos o Fariña no son escuelas para la vida... ¿Hace falta explicar que la pornografía no es una escuela de sexualidad? 
Donde sí es más común retratar vejaciones sexuales es en el erotismo "femenino". Todo el mundo tiene en mente las Cincuenta sombras, pero lo cierto es que cada generación ha tenido su libro para mujeres escrito por mujeres, con famosísimos títulos como Emmanuelle o Historia de O. El denominador común es una mujer protagonista que, en una espiral más o menos corta, termina encontrando su sitio siendo una especie de esclava sexual sometida a un hombre dominante que incluso emplea la violencia explícita con ella o la ofrece como objeto a otros hombres.
Resultaría realmente nauseabundo inferir que hombres y mujeres condicionan su vida sexual al tipo de erotismo que consumen, ¿no les parece?

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