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Tabarnia


Hace unos años, en lo más duro de la crisis económica, grupos de extrema derecha (o como quiera llamársele) decidieron ocupar en el barrio madrileño de Tetuán  un edificio con la excusa de establecer en él un lugar para cobijar a españoles desfavorecidos, sin hacer demasiado ruido. Creo que todo empezó como una especie de mofa hacia los okupas "clásicos", pues nunca estos grupos habían hecho algo semejante. Al poco tiempo, los del otro extremo del árbol ideológico empezaron a incendiar las calles y las redes sociales con mensajes,  carteles y panfletos de rechazo al llamado "Hogar Social Madrid", porque se había apropiado de su discurso y, además, había conseguido venderlo ante mucha gente como una acción positiva, frente al halo de caradurismo y rebeldía que el tipo de ocupación de sus acólitos emanaba desde siempre ante la sociedad.
Más cerca en el tiempo todavía, ‎media España se indignaba con la subida al poder de Donald Trump, no tanto por cuestiones ideológicas, sino por su estrategia de estridencias y descalificaciones contra casi todo, que le permitió ganar al sprint en popularidad a todos sus oponentes, algo sorprendente en un país poco acostumbrado a la visceralidad en la política. Entre los feroces criticadores estaba gente como Barbijaputa o Martu Garrote (aunque hay muchos más), hoy dignísimas y serias "creadoras de opinión" de medio pelo. En los albores de Twitter, cuando sólo lo usaban algunos periodistas y pocos famosos, una soñaba desde una odiosa oficina su púlpito rojo o violeta; y la otra se creía ministrable a corto plazo en cuanto el malogrado Tomás Gómez llegase a presidente del gobierno. Ambas tenían el común que, para intentar ganar popularidad y llamar la atención, no dudaron en utilizar más insultos, más provocaciones y más disparates que el propio Trump, aunque ahora no quieran acordarse.
Se llama propaganda. Si alguien se fundamenta en ella en lugar de en las ideas o en la propia verdad, termina tarde o temprano gritando "eso no se vale" cuando a alguien que tenga en frente le dé por hacer lo mismo. Esto ha ocurrido con Tabarnia, una sátira tan bien pensada que hacía ya mucho tiempo que nada conseguía escocer tanto a los ideólogos y a los militantes del secesionismo catalán. Y es que la política actual, en gran medida, está completamente hueca y es tan patética que no resiste a una broma medianamente sesuda que pudo haber salido de una tarde de cañas.‎

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