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Refroma y Contrarreforma


Hubo una época y un lugar en los que trovadores con nombre y apellidos componían cantigas, es decir, poemas destinados a ser cantados. Aunque el rey Alfonso X hizo populares las religiosas, lo cierto es que la eran más comunes las de temática amorosa, clasificada en cantigas de amigo (de una mujer para un hombre) y cantigas de amor (de un hombre para una mujer). Sin embargo existía también una deliciosa temática de escarnio, en la que abundaban composiciones protagonizadas por frailes pichabravas y abadesas doctas, literalmente, en el arte de follar. Era el bajo medievo gallego-portugués, que resultaba no ser tan oscurantista e inquisidor como nos lo habían contado. Para quien no se lo crea, reproduzco aquí algunos fragmentos traducidos de estas simpáticas cancioncillas:

Abadesa, oí decir
que erais conocedora
de todo bien; y, por amor
de Dios, os podáis compadecer 
de mí, que me casé huérfano,
y bien os juro que no sé
más que un asno sobre follar.

A vos, doña abadesa,
de mí, Fernando de Esquío, 
estas odas os envío,
porque sé que sois esa
señora que merecéis:
cuatro carajos franceses,
y [otros] dos para la priora.

A un fraile dicen estropeado (...)
Estropeado yo nunca diría, 
que llenas de su carajo seductor,
muchas mujeres de leche 
tiene, que le parieron tres en un día,
y otras muchas preñadas que tiene;
y tal fraile creo yo que muy bien
por eso estropeado estaría.

 
Hoy sin duda ser burlarían de otros en función de los nuevos poderes e influencias sociales, probablemente políticos de izquierda puritana o lo que en España se ha dado en llamar intelectuales. Y los autores también terminaría en la cárcel, esta vez por algún delito de odios, a pesar de que presumimos de tener la legislación más garantista y avanzada de la historia. Ha ocurrido por poemillas mucho más pueriles. Manuel Jabois, como yo paisano de aquellos lares, llama Contrarreforma al fenómeno de la rebeldía contra la autocensura o mordaza legal de concepto y de vocabulario que impera en nuestros días. Estas socarronas cantigas fueron, a su modo, una forma de subversión, reacción y contrapunto (o contrarreforma) a la moral imperante de su época, un ejercicio desde luego mucho más osado y peligroso que las causas libertarias que se defienden en Twitter desde el sofá de casa. No son pocos los que hoy consideran, incluido algún popular escritor, que España se equivocó de bando en la pugna renacentista, poniendo posiblemente en perspectiva las consecuencias económicas que las guerras europeas tuvieron para el imperio de la dinastía Habsburgo, y la maleabilidad política y localista que permitirían por entonces las corrientes protestantes. Yo opino justo lo contrario, y cada vez lo tengo más claro contrastando los posos éticos y culturales (¿qué otro legítimo legado histórico tiene la religión?) que en unos y otros países han quedado desde entonces... Pero esa es otra historia.
El término Contrarreforma me parece muy acertado, porque en los tiempos en que nos ha tocado vivir existe un extraño síndrome que hace fingirse oprimido al que oprime, y minoritario o rebelde al que tiene más capacidad y recursos para inundar con propaganda los medios y las redes sociales. En todas las épocas se ha machacado al disidente, claro, pero nunca antes el poder había sido tan hipócrita como para negar su propia posición hegemónica, algo como si la República de Roma se dijese insurrecta a Espartaco. Así, lo correcto es llamar contrarreformista al se opone hoy a la tendencia general y no al revés. Es evidente que la las facciones en lucha son políticas, pero la vanguardia la batalla es la cultura, por ser un excipiente de mejor sabor para tragar las ideas, que a menudo en crudo son indigestas para los profanos, es decir, el grueso de la población. En España eso se tiene muy claro y se aplica con rigor desde el tardofelipismo en las artes populares, que pasaron en gran medida de ser una industria a convertirse en una factoría estatal, aportando muchísimo a la contienda pero poco o nada al patrimonio creativo del país. En los últimos años la guerra se ha recrudecido y radicalizado, surgiendo trotskis y desertores incluso de entre aquellos que trabajaron muchos años para la factoría, para los que no hay piedad ni a veces trinchera en la que resguardarse. A veces los considerados traidores no han sido nunca, en realidad, funcionarios de la cultura: los que no participaban públicamente en la pugna se consideraban tácitamente aliados de la hegemonía filosófica por omisión, o al menos el silencio era considerado un deber ciudadano del disidente. De este modo, los peores autos de fe se organizan contra artistas carismáticos y, curiosamente, músicos del rock.
La hegemonía moral (o Imperio en su sucursal española) siempre ha considerado el rock como su indiscutible aliado, por aquello de identificarlo con la disidencia, sin pararse a pensar que cuando una idea pasa a ser predominante (y, por tanto, corromperse), hacer odas al pensamiento del poder no es rebeldía sino palanganerismo... Algo que repugna a los rockeros honestos. Por eso los antes muy saludados Def con Dos ardieron en la hoguera hace meses, junto con iconos como Loquillo, Andrés Calamaro o Sherpa. Entiendo que el malentendido puede venir de la tradición, posiblemente fáctica, de que un grupo muy politizado de turno dominase el espectro durante una o dos décadas. Primero fue Leño, que no desapareció de todo gracias a Rosendo y compensó el paréntesis ochentero más neutro de Barón rojo, y luego siguió Extremoduro en los noventa. Desde entonces toman el relevo los incombustibles Mägo de Oz, que han llegado hasta nuestros días con un estilo propio, una especie de Lavapiés metal hijo de Ñu y nieto de Jethro Tull. Todos estos grupos tenían en común, como Metallica, un público masivo que en gran medida no se asoma al rock más que por y para ellos, por lo que relacionar su éxito con la preponderancia de sus ideas dentro del estilo en que se mueven resulta bastante falaz. 
El rock no está necesariamente coloreado, y si lo está, no es para ponerse al servicio del sectarismo y la propaganda. Y que los colores, por supuesto, pueden ser variados. Recuerde el paciente lector la portada del mítico The Trooper de Iron Maiden, donde el harapiento Eddie todavía sostiene la bandera británica, y que el cantante que le da voz (Bruce Dickinson) fue un activo militante del partido conservador británico en sus años mozos. También abundan las banderas, esta vez estadounidenses, en las carátulas de Manowar, que pidieron una foto en un encuentro casual al inefable Bertín Osborne. Ambas formaciones, junto con el inabarcable club de grupos de inspiración tolkeniana o medievalista, los italianos Rhapsody o los españoles Avalanch y Warcry, trovan a la épica, histórica o fantasiosa, pecado capital que las ideologías imperantes relacionan con la extrema derecha.
No sabemos cómo va a acabar esto, pero lo cierto es que el Imperio está cada vez más solo, y por primera vez el nerviosismo le hace enseñar los dientes. Quizás tengamos que cambiar el himno de la pandemia (y lo que quiera que la suceda), por otro Resistiré, esta vez el del propio Barón Rojo. Ilustra de principio a fin la situación mejor que ninguna otra y condensa todo en un estribillo más actual que nunca:

Aunque siempre vigiléis 
Y mis datos proceséis 
No es tan fácil hacerme callar
Resistiré
Resistiré hasta el fin


 

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