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Sentimientos desechables


Hace pocos días, entrando en una estación de metro de un barrio no precisamente sofisticado, pude ver un cartel en el que la Comunidad de Madrid anunciaba un servicio para ayudar en los trámites y el proceso a los matrimonios que pretendan separarse en la región. La cuestión no tendría mayor importancia si no fuese porque se ofrecía con las mismas formas en las que se vende cualquier producto comercial, como cuando alguna marca trata de persuadirnos con ánimo de lucro para que vendamos el coche, cambiemos nuestros hábitos alimenticios o convencernos de que vivimos en una sociedad peligrosísima y necesitamos una alarma... Es decir, para que cambiemos nuestra forma de vida. No he visto nunca, sin embargo, a administración alguna gastando dinero en publicitar recursos públicos de apoyo psicológico o terapia a familias o parejas con problemas, quizás porque esos servicios no existan.
Se trata, ni más ni menos, de la implementación en el terreno psicosocial (con el dinero de todos) de los hábitos de consumo, sobre los que con las economías de escala y la sustitución de los fundamentos mecánicos por otros electrónicos, se ha creado la perecpción de que es más práctico sustituir que reparar; o directamente que la reparación no es, en general, una posibilidad. Podríamos decir incluso que esto va más allá y consiste en una concepción de la vida personal, incluso de las relaciones humanas, a modo de vulgares tareas administrativas o laborales que gestionar, de un modo tan frío y maquinal como pudiera ser la relación periódica con Hacienda o la planificación de un viaje. Nadie está dispuesto ya a enfrentarse con la vida, y si lo hace, busca rápidamente en quien subcontratar la solución o narcóticos políticos o filosóficos a medida para ignorar y relativizar sus problemas.
Es probable que la cara más perversa de este diabólico y enorme poliedro sea la creación de una familia. Sería inútil y supérfluo hablar aquí del manido egoismo individualista, pero sí merece la pena destacar que los poderes fácticos políticos y sociales se han empeñado en justificar y hasta formalizar el desprecio a la solidaridad individual, a aquella ayuda que no venga del estado... Probablemente para que nadie pueda hacer ver a la sociedad, con sus obras, los lamparones que demuestran que la acción pública es y será siempre insuficiente, aunque solo sea por limitaciones presupuestarias y organizativas. En este sentido, hay casos especialmente abyectos, como el que se traduce en dar la espalda a los menores abandonados o huérfanos tanto en España (que, aunque poco o nada se hable de ellos, existen) como en el resto del mundo. Me explico: en los últimos quince años las adopciones en nuestro país se han reducido en casi un noventa por cien, en parte por la subversión de recurrir a vientres de alquiler en el extranjero‎, pero principalmente por la democratización y abaratamiento de la fecundación in vitro para parejas con dificultades reproductivas. Dejando otras cuestiones a un lado que darían para varias entradas completas, esto podría no ser más que un efecto colateral, si no fuese porque va acompañado de una satanización de la adopción, caricaturizada como una especie de capricho de parejas tradicionalistas con dinero, frariseas y pervertidas que roban niños pobres fruto de embarazos que sin duda debieran haberse abortado para no agraviar a las arcas públicas. Y si demonizada está la adopción, no hablemos ya de los acogimientos, de los que apenas se habla en los medios, sobre todo en aquellos que presumen de tener un compromiso social y conciencia de clase, porque son mayoritariamente realizados por familias cuyo perfil aborrecen y tratan de combatir.
Es una lástima que se intente enterrar la solidaridad, esa virtud en la que España es potencia mundial, y se banalice la responsabilidad humana individual. Aprovecho para insistir y sacar del olvido el acogimiento familiar, del que precisan muchos más menores en el país de lo que el ciudadano medio puede imaginar, que al igual que la adopción, bien entendido es una oportunidad para el acogido en lugar de un recurso generacional para los acogedores. Un proceso duro y complejo, que requiere de una gran concienciación previa. Quizás sería más fácil si un día nos encontrásemos con una publicidad titulada "¿Pensando en acoger o adoptar?" y nos ofreciesen recursos públicos de apoyo, que se invirtiese en ayudar a crear en vez de solo a destruir. Pero para eso debemos primero despertar de este estúpido sueño adulticiente para empezar a tomarnos la vida en serio y entender que los sentimientos no son desechables.

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